—Y para tu prima—murmuró por fin;—tu amante prima.
No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí
mismo.
Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la
condesa Elga,sin cuidarse de los lacayos que le observaban.
—¡Qué diantre!—dijo.—No todo ha de ser conspirar y el amor
reclamatambién sus derechos.
—Lo mismo digo—contesté; y Tarlein me siguió
respetuosamente.
No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida
en aquellosdías, revestiría gran interés para los que nada saben
de lo que ocurredentro de regios palacios; como no dudo
tampoco que la revelación dealguno de los secretos que allí
descubrí, tendría gran valor para losestadistas de Europa. Pero
lejos de mí una y otra cosa. Por un lado eltemor a la monotonía
del relato y por otro el riesgo de parecerindiscreto, me aconsejan
concretarme al drama que iba desarrollándosecalladamente bajo
la tranquila apariencia de la política ruritana. Sídiré que mi
impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasémis
malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que
mefue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de
ciertosolvidos y descuidos inexplicables, que a veces me
llevaban hasta norecordar ni reconocer a personas que de
antiguo me eran, o debían deserme, perfectamente conocidas.
Pero salí en bien de todo, y loatribuyo, como ya lo indiqué
antes, a la audacia misma de mi temerariaempresa. Tengo para
