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disparé mi revólvercontra la cerradura, que saltó en pedazos y se
abrió la puerta.
—¡Venga una luz!—dije,—pero Sarto siguió apoyado en la
pared,inmóvil.
Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba
profundamente asu señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera
creído de él semejantecosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo
que podía revelarnos aquelsótano. Fui al comedor, tomé de la
mesa un candelero de plata y encendíuna vela: la esperma
hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómotemblaba ésta, y
cuán disculpable era la agitación de Sarto.
Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más
obscuro enlos bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos
varas en el sótanoy elevé la vela. Vi las pipas de vino formando
hilera, algunas arañasque corrían por la pared, un par de botellas
vacías en el suelo y másallá, en un rincón, el cuerpo de un
hombre tendido de espaldas, con losbrazos abiertos y una
sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, mearrodillé a su
lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor.Porque
era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.
Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y
volviéndome vi los ojosbrillantes y espantados de Sarto.
—¡El Rey, Dios mío, Rey!—articuló sordamente.
Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.
—El Rey no está aquí—dije.
VII
SU MAJESTAD DUERME EN ESTRELSAU
 

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