No pude menos de preguntarme qué estaría haciendo en aquel
momento elrey de Ruritania.
Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein,
Sarto y yo.Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto
encendió su pipa yaunque no formuló la menor felicitación por
el maravilloso éxito denuestra descabellada tentativa, su aspecto
revelaba claramente lasatisfacción, de que estaba poseído.
Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo yalgunas copas de buen vino
habían hecho de él otro hombre.
—¡Qué recuerdo para usted el de este día!—exclamó.—
Confieso que yotambién quisiera ser Rey por doce horas. Pero
cuidado, Raséndil, contomar su papel muy por lo serio. No me
admira que Miguel el Negropareciese hoy más negro y tétrico
que nunca, visto que usted y laPrincesa parecían tener tantas
cosas que decirse.
—¡Qué hermosa es!—exclamé.
—Prescindamos de ella—dijo Sarto.—¿Está usted pronto a
partir?
—Sí—contesté con un suspiro.
Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo
Raséndil,transformación a la cual me referí chanceándome.
—Y afortunado será usted—comentó Sarto,—si a las doce no
es elfinado Roberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi
cabeza segurasobre los hombros mientras se halle usted en la
ciudad. ¿Sabe usted,amigo Raséndil, que el duque Miguel ha
