El tren se detuvo. Mis dos compañeros bajaron al andén,
descubriéndose ydejando abierta la portezuela del coche. Por un
momento fui presa de unaprofunda emoción. Después afirmé el
casco sobre mi cabeza, dirigí alCielo (lo confieso sin
avergonzarme) una breve y ferviente súplica, ybajé al andén de
la estación de Estrelsau.
Momentos después todo era movimiento y confusión; hombres
que seacercaban apresuradamente, sombrero en mano, y partían
con no menorceleridad; otros que me conducían al restaurant de
la estación, jinetesque salían a escape con dirección a los
cuarteles, a la catedral, a laresidencia del duque Miguel. Tomaba
yo el último sorbo de mi taza decafé cuando se oyeron los
alegres tañidos de las campanas en toda laciudad, y poco
después llegaron a mis oídos los acordes de una banda demúsica
y las primeras aclamaciones de la multitud.
¡El rey Rodolfo V se hallaba en su leal ciudad de Estrelsau!
—¡Viva el Rey!—gritaba el pueblo fuera de la estación.—
¡Dios protejaa nuestro Soberano!
En los labios del viejo Sarto apareció irónica sonrisa.
—¡Dios los proteja a los dos!—le oí murmurar.—¡Animo,
joven!—y sumano estrechó disimuladamente la mía.
Volví al andén seguido de cerca por Federico de Tarlein y el
coronelSarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tenía
el revólver amano y de que mi espada salía fácilmente de la
vaina. Me esperaba unalegre grupo de jefes militares y grandes
