—¡No siempre—dijo,—hace Reyes el Cielo a quienes
deberían llevar lacorona!
El rostro de Sarto se contrajo al estrechar mi mano.
—El diablo se mezcla en muchas cosas y las echa a perder—
dijo.
Las personas que estaban en la estación, miraban con
insistencia aldesconocido de alta estatura y encubiertas
facciones, pero no hicimos elmenor caso de su curiosidad.
Volvimos a estrecharnos las manos ensilencio, y aquella vez
ambos—cosa extraña por parte de Sarto,—sedescubrieron y
permanecieron descubiertos hasta que desapareció a suvista el
tren que me conducía. Todos creyeron que algún alto
personaje,deseoso de guardar el incógnito, había tomado el tren
en aquellainsignificante estación; cuando en realidad no era otro
que RodolfoRaséndil, caballero inglés, segundón de buena casa;
pero, en fin, hombrede no gran fortuna, posición ni rango.
Profundo hubiera sido eldesencanto de muchos al saberlo, pero
no tanto como su curiosidad y susorpresa de haberlo sabido
todo. Porque, cualesquiera que fuese micondición presente,
había sido Rey por tres meses; prueba a la que sehan visto
sometidos muy pocos hombres. Y sin duda, hubiera yo
dedicadomayor atención a este tema, si no la hubiese embargado
casi por completoaquella voz que parecía salir de las torres de
Zenda, visibles todavíaen lontananza; aquel grito de amor de
una mujer, que llegaba a misoídos, que penetraba hasta mi
corazón y que decía: «¡Rodolfo! ¡Rodolfo!¡Rodolfo!»
¡Todavía me parecía oirlo!
