sortija en mi dedo. Usaba yo elanillo del Rey, pero tenía puesto
también uno más pequeño, de oro liso,con la leyenda de las
armas de mi familia: Nil Quæ Feci. Me lo quité yponiéndolo en
el dedo de Flavia, le indiqué con un ademán que mepermitiese
retirarme. Comprendió, y apartándose un tanto me miró con
losojos llenos de lágrimas.
—Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas
Reina—le dije.
—Use o no otros, llevaré éste mientras viva y aun después
demuerta—dijo besándolo.
Llegó la noche hermosa y clara, aunque yo la hubiera
preferido tanobscura y tormentosa como la que protegió mi
primera expedición, pero lafortuna no quiso mostrárseme
favorable. No obstante, contaba deslizarmelo más cerca posible
al muro, para no ser visto desde las ventanas delcastillo nuevo
que daban a la parte del foso por donde me proponíaescalar el
puente. Por Juan supe que habían fijado sólidamente al murola
«Escala de Jacob,» de tal suerte, que sólo empleando
substanciasexplosivas o atacándola a golpes de pico hubiera sido
posible moverla desu sitio y el estrépito producido por tales
medios hubiera advertido enseguida a los del castillo. Pero esa
nueva precaución había de sermefavorable, porque confiados en
ella no vigilarían tanto el foso. Aunsuponiendo que Juan me
hiciese traición, ignoraba aquella parte de miplan y sin duda
esperaba verme atacar la puerta principal a la cabeza demi
gente. Allí—como le dije a Sarto,—estaba el verdadero peligro.
