para impedir todo súbito ataque de nuestrosenemigos. Entonces
Flavia me dijo con su voz dulcísima:
—Sonríete, Rodolfo, si no quieres verme llorar. ¿Estás
enojado?
—¡Oh, no! La culpa la tiene ese malvado Henzar.
Lo cual no impidió que ambos llegásemos sonrientes a las
puertas deTarlein, donde me entregaron una carta llevada para
mí, según dijeronlos sirvientes, por un joven desconocido. Abrí
el sobre y leí:
«Juan se encarga de llevar estas líneas a su destino. Soy la que
leenvió a usted otro aviso en ocasión anterior. ¡Hoy le pido en
nombre deDios, que me libre de esta guarida de asesinos!—A.
de M.»
Entregué la esquela a Sarto, en quien no hizo mella la súplica
lastimerade la dama, limitándose a decir:
—Suya es la culpa. ¿Quién la llevó al castillo?
Sin embargo, no considerándome yo enteramente
irresponsable de loocurrido, resolví compadecerme de Antonieta
de Maubán.
Desde el día en que recorrí a caballo las calles de Zenda y
hablé enpúblico con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir
de todo pretextode enfermedad. El efecto de mi presencia se
notó desde luego en laguarnición de Zenda, cuyos oficiales y
soldados desaparecieron de lapoblación y sus cercanías para
