—Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de
que me hacolmado Ruritania, si saliese del país dejando con
vida a uno siquierade los Seis. Y con la ayuda de Dios me
propongo limpiar de ellos alpaís.
Sarto, al oirme, tomó y estrechó mi mano.
A la mañana siguiente di algunas órdenes y me sentí más
satisfecho quenunca. Había puesto manos a la obra, al trabajo, y
éste, ya que no curael amor, es por lo menos como un narcótico
que nos permite olvidarlotemporalmente. Sarto, que andaba
agitado y nervioso, se sorprendió muchoal verme aquella
mañana, arrellanado en cómodo sillón de brazos,escuchando la
canción amorosa que con muy buena voz entonaba uno de
loscaballeros de mi séquito. Tal era mi ocupación cuando el más
joven delos Seis, Ruperto Henzar, que no temía a Dios ni al
diablo, se adelantóde repente a caballo, con tanta calma como si
detrás de cada árbol nopudiese tener yo apostado un buen,
tirador, y ni más ni menos que sicabalgase en el parque de
Estrelsau.
Se acercó a mí, saludándome con cómica reverencia, y solicitó
hablarme asolas para comunicarme un mensaje del duque
Miguel. Hice que seretirasen todos y Henzar, sentándose a mi
lado, comenzó:
—¿El Rey está enamorado a lo que parece?
—No de la vida, señor mío—contesté sonriéndome.
—Más vale así. Pero estamos solos. Usted, Raséndil...
