—¿Es acaso posible—pregunté,—que hombre alguno no
regrese al lado dela mujer más hermosa del mundo?—dije.—
¡Un centenar de Migueles nopodrían impedírmelo!
Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.
—¿No permitirás que Miguel te mate?
—¿Ni que te separe de mí?
—¿Nadie podrá separarte de mí?
Y sin embargo, existía un hombre—no Miguel,—que debía de
separarme deella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El
recuerdo de aquelhombre, la arrogante figura que yo había
contemplado por primera vez enel bosque de Zenda, el cuerpo
inerte abandonado en el sótano delpabellón de caza, se me
aparecía entonces como una doble sombra,interponiéndose,
separándome de Flavia, que yacía pálida y casidesvanecida en
mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor,como
no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me
persigueaún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra
cubra mis huesos y(¿quién sabe?) quizás aun más allá de la
tumba.
