Read The Great
Gatsby
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Castillejo cayó prisionero, y aún está en la cárcel. Sus dignoscamaradas de generalato le
siguen no sé cuántos procesos de carácterpolítico; pero lo peor es que, recientemente, han
empezado a acusarlepor el asesinato del ingeniero.
Nadie cree ya en el accidente del automóvil. Parece que fueron muchoslos que presenciaron lo
ocurrido desde sus ventanas prudentementeentornadas. Tal vez lo vió uno nada más, y los otros
hablan por agradará los vencedores. ¡La soledad nocturna de las calles de Méjico!...Detrás de
cada persiana hay ojos que sólo ven cuando les conviene; bocasmudas que sólo hablan cuando
llega el momento oportuno.
Ustedes creen, tal vez, que yo podría volver allá, sin ningúnpeligro.... En realidad, nada malo
hice en dicho asunto, y aún meestremezco al recordar el susto que me dió el maldito general.
Pero no volveré; pueden estar seguros de ello. Conozco á mis antiguosamigos. Castillejo es
mejicano y sus acusadores también. Yo no soy masque un extranjero, un español, un gachupín, y
todos acabarían porponerse de acuerdo para afirmar que fué Maltrana el que guiaba elautomóvil.
Noto también que les causa á ustedes cierta satisfacción el espíritu dejusticia que demuestran
los nuevos gobernantes al perseguir á Castillejopor su delito.
Me asombro de su inocencia. ¡Pero si cualquiera de aquellos generales haordenado docenas de
crímenes igualmente atroces!...
No es justicia, es venganza; y más aún que esto, es envidia, amarguraante la superioridad
ajena.
Detestan á Castillejo porque les inspira admiración. Hablan de él comolos pintores de una
nueva manera de expresar la luz, como los escritoresde las imágenes originales encontradas por
un colega.
Lo que más les irrita es que ya no podrán emplear sin escándalo elprocedimiento del
automóvil. Ha perdido toda novedad. ¡Y á cada uno deellos le hubiese gustado tanto ser el
primero!...
Esto ocurrió á principios de Septiembre, días antes de la batalla delMarne, cuando la invasión
alemana se extendía por Francia, llegandohasta las cercanías de París.
El alumbrado empezaba á ser escaso, por miedo á los «taubes», que habíanhecho sus primeras
apariciones. Cafés y restoranes cerraban sus puertaspoco después de ponerse el sol, para evitar
las tertulias del gentíoocioso, que comenta, critica y se indigna. El paseante nocturno
noencontraba una silla en toda la ciudad; pero á pesar de esto, lamuchedumbre seguía en los
bulevares hasta la madrugada, esperando sinsaber qué, yendo de un extremo á otro en busca de
noticias, disputándoselos bancos, que en tiempo ordinario están vacíos.
 

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