La sacerdotisa le vio acercarse a ella espeluznante y grotesco,
con sufigura de Quijote, sus brazos de aspas y sus largas piernas
cubiertas depelos erizados. Cogió el billete que le tendía,
guardole en una media ycerró los ojos.
Sentíale ahora a su lado jadear fatigosamente; después, la
sensación delas manos glaciales, que manipulaban con uno de
sus senos, y al fin undolor agudo. Lanzó un grito y, alzando los
párpados, fijó sus pupilas enel sitio donde experimentaba el
dolor. Del pecho flácido, y por pequeñaherida, manaba la sangre
en abundancia. Estrella, aterrorizada, quisolevantarse, llamar;
pero el monstruo, precipitándose sobre ella,impidiole todo
movimiento. Forcejearon; en la lucha, la luz rodó portierra.
Prosiguieron la batalla en las tinieblas. Ella le sentía
jadear,profiriendo sonidos guturales, inarticulados. Al fin, en un
momento enque flaquearon sus fuerzas, la boca del vampiro
adhiriose a la herida ycomenzó a chupar la sangre. La vendedora
de amor sentía que la sangremanaba en purpúreo surtidor, en
chorros, en ríos, en cataratas; que laboca, húmeda y desdentada,
le sorbía la vida, y, en un esfuerzo supremo,librose del
monstruo, saltó al suelo, abrió la puerta, y descendiendo,presa
de invencible pánico, las escaleras, se precipitó a la calle,
einconsciente, semidesnuda, corrió, corrió hasta caer al suelo,
rendidade cansancio.
En la magia lunar, la gran Avenida cubierta de nieve tenía el
prestigiode una escenografía teatral. Arriba, el cielo azul oscuro

