resbalaba sobre los labios destrozados de la muñeca. Sobre
laescalofriante masa zumbaba una nube de moscones. Y desde
el fondo deaquella miseria los ojos azules de Lady Judith me
miraban burlones.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . .
Había concluido de anochecer. En el despacho no se oía más
que elcastañetear de los dientes de Lydia Alcocer, que temblaba.
Después, unsuspiro de descanso de Claudio Hernández de las
Torres, que acababa dedarse una inyección de morfina. Al fin
Nieves Sigüenza, estirándose convoluptuosidad de gata
perversa, murmuró, presa de delicioso terror:
—Me hubiese gustado ver a Guillermo; pero sobre todo
conocer a LadyJudith.
Sonó la voz irónica de Gregorito Alsina:
—Lady Judith... ¿Te acuerdas, Claudio, de ella? La conocimos
el otoñopasado, con sus perlas y sus encajes, en Venecia, en un
té de laprincesa Fornarina Pescari. Allí no moría tísica, moría
del veneno deVenecia, de una rara fiebre que, embelleciéndola,
la mataba poco apoco. Y para eternizar aquella agonía, había
encendido el incendio deuna pasión que devoraba los últimos
chispazos del genio del pobreGustavo Golderer, el gran pintor
alemán.
