Circasiana, el empleado se echó a reír. ¡Madame d'Opporidol
noera turca! ¡Era lisa y llanamente una buena burguesa, que
vivía de unapensión insignificante! ¡La descendiente de los
Osmalíes, la esposa deAbul-Bajá, la heroína del drama
sangriento, era la viuda de un vista deaduanas francés!
—¿El pudor de las inglesas? Yo creo que es una cuestión de
moralpública, es decir, más bien decoro que pudor.
—Más bien cuestión de recato. El evangelismo es una religión
muysevera, y como los hombres y las mujeres son los mismos
en todas partes,impone el culto a las conveniencias.
—¡Pues lo que es algunas se ríen de las tales conveniencias!
—¡Que lo digan las inglesas que andan por París!...
Las pantorrillas, bastante flacas, y enfundadas, por añadidura,
en unasmedias lamentables, de tres damas que habían subido a
un taxi, fueronlas que provocaron la conversación.
Estábamos en el pabellón Madrid, del Bois; un inoportuno
chubasco noshabía recluido dentro, y entreteníamos el
malhumor de la pasajeracontrariedad criticando a todo bicho
viviente.
Corría el mes de agosto, y para nosotros, habituales del otoño
parisién,ofrecía la gran ciudad aspectos imprevistos.

