Un día desaparecen. Aun después de muertas, su recuerdo nos
arranca unasonrisa. Y cuando llega la hora suprema de los
balances, sabemos casisiempre que en aquellas vidas que
transcurrieron a nuestro lado, y delas que veíamos lo que de un
actor se ve desde la sala del teatro, nohabía nada sino un vacío
inmenso, que ellas cubrían con guirnaldas deflores de trapo.
Pero también sabemos alguna vez que en ellas había ungran
dolor, una gran amargura, una gran vergüenza, un vicio, y
aun,raramente, un crimen.
—¡Lo más auténtica posible!
Después de saludar a la eslava, que, fastuosa en su pelliza de
renardbleu y su sombrero empenachado de plumas negras,
desfilaba con aireespléndido de gran señora, más de notar en el
cosmopolitismo ferial delrestaurant elegante, Julito Calabrés
tornó a sentarse entre Olmeido yel marqués del Valle.
Estábamos en el Carlton Grill acabando de almorzar. Era día
decarreras, y bajo la claridad de las luces eléctricas, que ocultas
traslos cristales del techo creaban un día artificial, muy en
consonanciacon el público cosmopolita que entraba y salía en
incesante vaivén,veíanse mujeres a la moda, abracadabrantes en

