Poco a poco el crimen, como tantas otras cosas, cayó en el
olvido. Sólolos jueces siguieron buscando. Aquella Petra de la
carta era una pista.Había que buscar los cómplices. Si ella podía
desaparecer entre lainfinidad de mujeres que pululan en los
suburbios, ellos, los asesinos,habían de ser forzosamente pájaros
de cuenta en el hampa madrileña. ¡Loscómplices!
Y buscaron inútilmente, porque de aquel crimen, como de
tantos otroscrímenes impunes, los cómplices habían sido la
lujuria y la noche.
En la glacial serenidad de la atmósfera, resonó un alarido de
dolor;luego, otro alarido más angustioso, más violento, hendió
los aires, yluego otro y otro. El látigo fino, nervioso, vibrante,
silbó para caersobre las desnudas espaldas del marinero; tornó a
serpentear, paratornar a caer, y luego recomenzar aún una vez
más.
Era la víctima un mocetón fornido, cuadrado, de enormes
espaldas y anchocuello. Desnudo de medio cuerpo para arriba,
sus carnes se amoratabancon el frió espantoso del crepúsculo
ártico, y el látigo, al caer,dejaba hondos surcos azules. Tenía las
manos atadas a un palo del buque,y la cabeza, pequeña y bien
hecha, doblada sobre el pecho. Su rostroestaba cubierto de
mortal palidez; los dientes, blancos y fuertes,clavábanse en los
labios, tratando de contener los gritos de dolor, y ensus ojos,
claros y azules, de niño grande, había una angustia infinita.
Vanda Orloff, tendida en el seudolecho de almohadones y
pieles,contemplaba impasible el martirio de su víctima. Era una
