una careta de cera rodó portierra. Y mudo de espanto, alucinado,
tembloroso, meciéndome sobre unabismo de locura, vi el rostro
sanguinolento, deshecho, machacado, quecontemplara la noche
trágica. Pero ahora, en la informe masa pululaba elnegro hervir
de los gusanos.
Entró resueltamente en el cuarto, encendió luces, muchas
luces, todaslas que encontró a mano; desposeyose, con un gesto
amplio, teatral, delenorme abrigo de chinchilla, que arrojó
desdeñosamente sobre unabutaquita; dejó caer al suelo el
capuchón de raso negro que le envolvíade pies a cabeza, y en
pie, ante el gran espejo de tres lunas, arreglosenerviosamente el
peinado.
Tras ella, pesado, vacilante, el rostro pálido, los ojos
turbios,despeinado el cabello, el sombrero caído a la nuca y la
pechera sucia yarrugada, venía Esteban. Al penetrar en la
estancia habíase desplomadoen una bergère, y allí, despatarrado,
innoble, sin tomarse el trabajode quitarse el gabán ni el
sombrero, parecía próximo a dormirse.
Filomena, siempre en pie ante el espejo, trepidaba de
impaciencia. Erauna mujercita deliciosa, una figura frágil y
quebradiza, llena de unagracia efímera de bibelot. Muy Luis XV,
hacía pensar involuntaria enlas pastorelas de Watteau, en las
escenas de Boucher y en los grabadoslibertinos del XVIII
francés. Sus gestos de gracia alocada tenían, sobretodo, una
elegancia innata, que reflejábase hasta en sus
menoresmovimientos, aun en las ocasiones en que desterraba la
euritmia de susademanes, el enfado, la pasión o la alegría. Era
