Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza
baja, comoanonadados por el incidente. El doctor fué el primero
en romper elsilencio.
—Pepe, adiós—dijo con voz triste, abandonando su asiento, y
tendiendouna mano á su primo.—Yo no te pregunto como tu
mujer «¿y tú consienteseso?» Al fin es tu esposa y con ella has
de vivir.
—¡No te vayas así!—exclamó el millonario con ansiedad.—
De seguro queestás enfadado; adivino que no vas á volver. No
riñas conmigo: Cristinaes así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú
mismo lo has dicho. La familia... lapaz de la casa... Ella es
buena y me quiere: pero tiene esas ideas y álas mujeres hay que
respetárselas. La verdad es que tú también hasestado fuertecito...
—Adiós, Pepe—volvió á repetir el médico, abandonando
aquella manazaque ahora caía débil y sin voluntad.—Que seas
muy feliz.
—Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?...
Esto pasará:ya sabes que otras veces también habéis regañado...
Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía
formulandoexcusas, salió de allí, con la convicción de que
dejaba muerto á susespaldas todo su pasado; de que acababa de
romperse aquel parentescofraternal y perdía lo último que le
restaba de su familia.
A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre
losobreros de las minas.
