¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el
lápiz detocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que
no lograbadar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida,
con que seaproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas
interiores.
Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y
apelando alrecurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas
carnosidades, loshombros del temido ogro.
—¡Pepe... Pepe!—murmuró con voz tenue, como un gemido
dulce.
Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con
besosardorosos.
El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda
de carnefemenil que caía sobre él, por el perfume incitante que
le envolvía, porlos labios suaves que buscaban los suyos,
enredando la barba en losdientes de láctea blancura.
Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una
ráfaga. Su manopoderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió
perdida, ante aquellos ojosfríos que parecían no verla, como si
su atención, su pensamiento, sualma, pasasen por encima de ella
para ir lejos, muy lejos.
Después, la voz del marido sonó en el silencio de la
habitación,lacónica, triste y monótona:
—Es tarde, Cristina, es tarde.
