una casa para subir de nuevo en el vehículoy seguir la marcha,
como sí huyesen del fastidio que iba tras ellos.
¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la alegría de un
puebloopulento, que teniendo una existencia que embellecer la
martirizaba yennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida
problemática, bajo eltestimonio de ciertos hombres que tampoco
la habían visto?...
El doctor terminó enérgicamente sus protestas, viendo
próximo el momentode tomar el tren.
—Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero
cuandosonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra,
triste y conel alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que,
créeme, ¡hijomío!... tanta virtud me da asco.
Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que
yacomenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo
del ojoseguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el
mármol de unachimenea.
Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en
Bilbao áuna junta de señoras católicas, de la que era presidenta,
en el Colegiodel Sagrado Corazón.
Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de
dolores decabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de
muchacha, y doñaCristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia
del aña Nicanora.
Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana,
muy atareadopor los nuevos negocios que todos los meses
