El que hizo la petición miró a Pepe, y con la autoridad que le
daban susaños, le habló así:
—Vamos a ver, joven. A un muchacho, aunque no lo necesite,
nunca leviene mal un puñadillo de duros. ¿Ha oído Vd. lo que
hemos hablado?¿Quiere Vd. venir a mi casa unas cuantas
mañanas?
—Sí señor, y haré lo posible por complacerle.
—Bueno, pues cuento con Vd. ¿Cuándo empezaremos?
porque yo lo tengoallí todo revuelto.
—Mañana mismo. Le espero por la mañana a las once.
Cuando se hubo marchado, Pepe dio las gracias al
bibliotecario y lepreguntó quién era aquel señor.
—Es don Luis María de Ágreda, senador, muy buena persona.
De estos queno hablan nunca, y progresista a la antigua, pero
muy rico. No hace másque asistir a las votaciones, aunque está
diciendo siempre que va ahablar... y nunca habla.
Después le dio las señas de la casa de don Luis y se separaron.
Acudiendo a la cita del señor de Ágreda, a las diez y media de
la mañanasiguiente entraba Pepe en el hôtel que aquél habitaba,
situado alfinal de la Castellana. Atravesó el jardín, pequeño y
bien cuidado,subió las escalerillas, llenas de macetas, que
parecían estarcustodiando dos magníficos perros de bronce, y
entró en el despacho, queformaba parte de la planta baja.
