—¡No eches tierra en la ropa, condenao! Ven aquí, que te va a
dar unchichi esta señora. ¡Ay hija!—añadió, encarándose
conPaz—desengáñese Vd., cuando una quiere a un hombre, no
hay señorío quevalga, toas semos iguales.
(El aya aparte).—¡Válgame Dios, lo que son las señoritas del
día!
Paz salió de allí con el alma henchida de gozo. En su corazón
habíarenacido la dicha pujante y vigorosa, como agua de
manantial comprimidoque redobla su violencia al cesar la fuerza
que lo sofoca. Tuvo impulsosde quitarse de las orejas los ricos
pendientes que lucía y regalárselosa Engracia, pero le parecieron
pobrísima ofrenda para pagar tantafelicidad.
Aquella misma tarde escribió a Pepe una carta muy larga en
que,pidiéndole perdón, le enviaba mil besos y le hacía mil
promesas.
Por fin he recibido carta tuya. ¡Tantas promesas, tantas
protestas, yhas podido creer que yo quería a otra mujer! Bien
haces en pedirmeperdón. Otro día te hablaré de esto más
despacio y te reñiré mucho:ahora, al acabar de leer tus frases de
arrepentimiento y cariño, notengo valor para hacerte sufrir. Lo
principal es que eres mía y que yano dejarás nunca de serlo.
Ni yo, aunque lo pretendiera, podría darte idea de las
penalidades queaquí nos cercan, ni es fácil que las imagines. Las
marchas ycontramarchas nos dejan tan rendidos, que casi nos
parece preferibleentrar en acción a vagar por trochas y
vericuetos. No sé qué es peor, siir perdiendo poco a poco la
