—¿Tú mi hermano? Tú eres cura, y nada más. Quítate de
delante, porqueme falta la calma... ¡Infames, maldita sea vuestra
devoción y vuestraiglesia! ¡Sois los ateos del cariño!
En vano pretendió la madre acercarse: Pepe no lo consintió.
Con agua deuna botella que había sobre el aparador, lavó al
padre la frente y,convencido de que la lesión no tenía
importancia, se limitó a ponerle enella un trozo de tafetán; pero
la ira no le salió del alma: comprendíaque, a dar el golpe un
poco más fuerte, aquello hubiera sido unaescalabradura muy
grave: doña Manuela no se atrevió a chistar:
Leocadiacontinuaba mirando descaradamente a Pepe.
—¿Conque ahora mandas tú?—le decía con sorna—vaya,
hombre, me alegro:pon un bando en el pasillo.
—¡No! No saldrás sino cuando yo quiera; y, sobre todo, no
vuelves aponer los pies donde has estado esta tarde. ¿Piensas
que no sé a lo quevas? Eres mi hermana, ¿lo entiendes? y antes
de que pierdas lavergüenza, seré capaz de ahogarte.
—¡Uf! ¡qué miedo! Mañanita vuelvo si se me antoja...
—¡Basta, hijos míos! Pepe, no te irrites—interrumpió don José
conacento débil—no volverá, yo la suplicaré que no vaya... y
preparadme lacena, que tengo mucha necesidad.
Cenaron en silencio y Pepe acostó a su padre, sin querer ajena
ayuda nicruzar con nadie la palabra: después se recogieron doña
Manuela yLeocadia. Cuando iba Tirso a entrar en su cuarto, le
dijo Pepe:
—Espera, tenemos que hablar: no es posible que continuemos
así.
