—Cuando te tengo así—la decía oprimiéndola el talle—creo
que mequieres más, y daría la mitad de la vida por tener derecho
a paseartecomo estamos ahora, así, del brazo, por las calles.
—A mí me gustaría más estar solitos, sin que nadie nos viese.
Se sentía languidecer, presa de una laxitud incontrastable,
como florenvuelta en una atmósfera muy cálida: el brazo y el
aliento de Pepe laabrasaban. Entonces él, sin prisa de ladrón,
con verdadera calma dedueño, fue aproximando lentamente los
labios hasta besarla cerca de laboca; y ella, en pago, sin
voluntad ni fuerza para rechazarle, oprimióla varonil cabeza
contra su pecho. No fue beso robado, sino consentidoprimero y
agradecido luego.
Al apartarse, Paz le sujetó las manos y, fijando en él los ojos,
ledijo, ansiosa de leerle el pensamiento en la mirada:
—¡Ojalá estuviera tan cierto de que llegarás a ser mía como lo
estoy demi cariño!
Ella se quitó entonces un anillo de oro que llevaba entre
otrassortijas, y poniéndoselo a Pepe, le dijo, con la leal
franqueza de quienentrega el alma:
—¿Entiendes? Tuya para siempre.
Y él, sujetándola las manos, selló el desposorio con un beso
más dulceque la mejor palabra. Después se separaron, sin más
frases ni promesas,seguros del porvenir, dejándose cada cual su
albedrío cautivo en lavoluntad del otro.
