Al cerrar la noche se fue sin preguntar nombre alguno de calle,
comoquien ya sabe dónde se propone ir y se obstina en
ocultarlo. DoñaManuela y Leocadia se asomaron al balcón, y la
última, al verle pasarbajo un farol y desaparecer por el arco
hacia la Plaza Mayor, tuvo unafrase, que era la abreviatura de la
situación por que atravesaba lafamilia.
—¡Qué raro se me hace esto! ¡Parece mentira que sea de casa!
Cuando volvió, al cabo de una hora, no contó dónde estuvo ni
lo quehizo, limitándose a hablar del bullicio y la animación de la
corte.Luego dijo:
—Mucho he andado por esas calles; y ¡cuanta estampa fea y
obscena hayen algunas tiendas! Pero, aunque llevaba hábitos,
nadie se ha metidoconmigo.
—¿Pues qué?—repuso Pepe—¿creías que te iban a comer?
—No hubiese sido extraño que me insultaran. ¡Como ahora la
impiedadanda libre y se nos persigue y nos maltrata quien
quiere!...
—Ríete de eso: ya te convencerás de que es mentira. No hay
tal impiedadni tal persecución: en fin, tú lo verás a poco que
andes por Madrid.
—Te advierto que me importaría poco. ¿Acaso no tengo
buenos puños?
Aunque el sueño y la fatiga del viaje le rendían, no se recogió
Tirsoaquella noche sin escribir una larga carta, que acaso tuviera
relacióncon la salida que hizo por la tarde. Mientras doña
Manuela y Leocadiaacostaban al padre, él se puso a escribir.
