de Marta con él,y más me convencía de que el interés que yo les
prodigaba, se perdíatotalmente.
Ella, encarnación de la ama de casa, fría y tímida, sometida a
todas lasfatalidades de la existencia cuotidiana; él, encarnación
delpropietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasión.
Discurría en estaforma, mientras mi corazón estuvo lleno del
sentimiento amargo de que yopasaba inadvertida y era inútil.
Entonces ocurrió un incidente que nosólo suavizó mi humor,
sino que hasta modificó sensiblemente mi juiciosobre nuestro
primo.
Hacía cuatro días que Roberto estaba en casa, cuando vino a
buscarme deimproviso y me dijo:
—Olguita, quisiera pedirte algo; ¿no vendrías a hacer un paseo
acaballo conmigo?
—No, no hay que volver a empezar en ese tono—dijo con una
risa en lacual se notaba algo de enfado.—Tratemos de ser
buenos camaradas pormedia hora, ¿quieres?
Su ingenua franqueza me agradó: dije que sí.
Cuando nuestros caballos pasaron el portón, Marta estaba en la
ventanade la cocina y nos hizo señas con su delantal blanco.
—Ves, Marta—dije para mis adentros,—así es cómo me iría
con él através del vasto mundo, si fuera su querida.
