—¡Oh, si fuera verdad!—exclamé, sacudida por un calofrío
dehorror.—¡Desear la muerte de Marta! Marta, ¿lo oyes?
¡Desear tu muerte!¿A quién has ofendido nunca? ¿A quién has
estorbado nunca? ¿Hay alguienen el mundo a quien hayas
demostrado otra cosa que afecto eindulgencia?... Si eso fuera
verdad, si pudiera haber, paseándoseimpunemente por la tierra,
un ser tan infame, ¡vaya! sería como paradesesperar de Dios y
del destino.
He ahí lo que yo decía, sin poder acumular suficiente
vergüenza eignominia sobre la cabeza de la vieja. Y luego tuve
conciencia de que medejaba llevar de un furor indigno.
Pero sentía que eso me desahogaba, respiraba más libremente
y, cuandovi, tirada en el suelo, a la pobre Ifigenia a quien yo
habíamaltratado, fui a recogerla.
—¿Qué crimen he cometido—me decía yo,—para que tenga
que ocultarme demi modelo? ¿He hecho otra cosa que prodigar
consuelos a un desesperado?¿Hemos cambiado una sola palabra,
una sola mirada que mi hermana nohubiera podido ver u oír?
Eso que me quema aquí, eso que me ruge en elfondo del pecho,
¿a quién importa si sé guardarlo para mí?
¡Me decía eso y me creía casi justificada, aun ante mi
propiaconciencia, ciega de mí!
Y el crepúsculo volvió: el sol poniente abrasó una vez más el
horizontepor encima de la ciudad, arrojando por las ventanas, a
las habitaciones,su luz rojiza.
