unavoz me gritaba: «¡Vuela a socorrerla, vuela a socorrerla,
sálvala, dá tupropia vida para conservar la suya!» Bruscamente
me erguí; había vueltoa encontrar mis fuerzas.
—Doctor—dije,—si Marta se muere, perderé todo lo que
poseo en estemundo y yo misma habré concluido. Pero,
mientras pueda serle útil, noflaquearé: necesito una certidumbre.
—Una certidumbre, querida niña—repuso él apoderándose de
mismanos,—no la habrá hasta la curación o hasta el momento
fatal. Pordesesperada que sea la situación, puede siempre
producirse una reaccióny ahora más que nunca, puesto que la
enfermedad está todavía en susprimeras fases. Ciertamente, a la
enferma no le sobran fuerzas, y esa esla parte más triste. Sin
embargo, quizá conseguiremos ahogar el mal ensu germen, y
entonces todo se habrá salvado.
—¿Qué puedo hacer por ella?—exclamé, extendiendo hacia él
mis manosjuntas.—¡Exija usted lo que quiera! Aun cuando diera
mi propia vidapara salvar la suya, no le habría dado todo lo que
le debo.
¿Cómo habría podido comprenderme?
Y ahora he llegado a la parte más difícil de mi relato. Desde
hace ochodías, doy vueltas en torno de estas páginas sin
atreverme a tomar lapluma. Un calofrío de espanto me invade al
pensar en lo que me espera.
Y, sin embargo, me hará bien el acordarme una vez más de
esos tres díasy esas tres noches terribles, precisamente ahora que
