Él se sobresaltó y me miró un instante, con una extrañeza
sincera,inclinó repetidas veces la cabeza y dijo:
—Tu reproche es justo; Marta me ama demasiado.
Yo habría querido en seguida pedirle perdón. Verdaderamente
no merecíaesa maldad de mi parte. Su alma era pura y
transparente como un rayo desol: sólo en mi corazón reinaban
las tinieblas.
Creí que las lágrimas que me esforzaba en reprimir, iban a
ahogarme.
Vi que no podría contenerme por más tiempo, y me levanté
bruscamente.
—Buenas noches, Roberto—dije, sin tenderle la mano.—
Estoy extenuada,necesito acostarme; deja, un criado me indicará
el camino. ¡Deja, tedigo!
Grité esas últimas palabras como impulsada por el enojo: él se
detuvo,cortado.
En la penumbra del corredor, el aire fresco me calmó muy
pronto. Dialgunos paseos y después fui en busca de una criada
para que me indicarami habitación.
—La señora ha arreglado todo ella misma en el cuarto y ha
prohibido quelo toquen; hay también una carta para la señorita.
Cuando me quedé sola, pasé revista a la habitación. ¡Querida y
excelentehermana! Había pensado en mis menores deseos, se
había acordadofielmente de mis menores costumbres de otros
tiempos para dar a miaposento toda la comodidad y todo el
