Si hubiera sabido qué sacrificio había hecho revelando mi
secreto,habría dado aún más valor a mi cariño.
En verdad, mis presentimientos no me habían engañado: desde
el momentoen que Marta tuvo las cartas en sus manos, se acabó
para siempre ladicha que me causaba ese convenio secreto con
Roberto.
Ya no era para mí más que un extraño y, cuando me sentaba a
escribirle,me parecía ser una simple máquina encargada de
copiar los pensamientosde otros: así me sucedía a menudo
entregar a Marta una carta sin haberlaleído, tal como acababa de
recibirla de manos del mayordomo.
A veces sentía remordimientos al pensar que abusaba de la
confianza deRoberto, pues él no sospechaba que Marta estuviera
en el secreto; pero,cuando la miraba, cuando veía desplegarse su
sonrisa, y brillar en susojos soñadores la paz y la felicidad, me
decía que era imposible quehubiera procedido mal, y mis
escrúpulos se acallaban.
Hasta entonces no había engañado más que a él; muy pronto
mi traicióndebía alcanzar también a Marta.
El invierno y la primavera pasaron velozmente y llegó el
momento en quelas gavillas comenzaron a amontonarse en los
trojes.
Roberto debía venir tan pronto como la cosecha hubiera
terminado; «perohasta entonces—escribía,—habrá que vencer
más de una gravedificultad.»
