La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón
sobre el mismotema, recibiendo la primera un sinnúmero de
abrazos y besosapretadísimos.
—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre
ymelancólica.
—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más
fuerza.
cómo los particulares de sarrió se congregaban en un recinto
nombrado el«saloncillo», y lo que allí se platicaba.
Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un
cigarro, ydijo, ofreciendo otro a su sobrino:
Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta
entonces sehabía autorizado el fumar delante de su tío; pero éste
le retuvo elbrazo.
—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.
El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro
conemoción.
Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la
calledisfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las
naturalezaspoderosas después de una comida abundante.
Parecían dos cedros gigantes,majestuosos, orgullosos de su
altura. Y guardaban el mismo silencio queellos cuando no les
sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a laspuertas de sus
casas los miraban con curiosidad tocada de admiración.
