—No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame
es él, quese ha aprovechado de su estancia en nuestra casa...
¡Qué miserable!
Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su hermana
temblando desusto. La heroica joven, cuando aquélla abrió la
puerta, estaba en pieen medio de la habitación, con los brazos
caídos y la vista fija en elsuelo. Ventura cerró la puerta
cuidadosamente, y se dirigió a abrazarla,murmurando con voz
trémula:
—¡Oh hermana mía, gracias, gracias!
Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un gesto de orgulloso
desprecio,exclamando:
—¡Lo he hecho por él; no por tí!
donde tira doña brígida de la manta
Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su
conducta.Arrepentíase de haber dado ocasión para que los
enemigos de Gonzalo leinjuriasen, dudando de la honradez de su
esposa. Daba su palabra y hacíajuramento solemne de que
aquellas escandalosas citas nocturnas no serepetirían. Tal fué el
recado que aquella noche trajo Ventura a sumarido.
En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun
severo conla delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran
para el Duque. Leacusaba de haber abusado inicuamente de la
confianza de su suegro paradespertar en la pobre Cecilia
pasiones que siempre habían estadodormidas. Tratábala con
afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a unniño enfermo,
