pedazo de tafetán inglés. A su vista, el público lanzó un¡hurra!
formidable. El vehículo fué escoltado por la muchedumbre.
Elfundador del Faro, aclamado al entrar en su casa, se vió
precisadodespués a asomarse al balcón, donde fué nueva y
calurosamente vitoreado.Por la noche, sus amigos le
obsequiaron con una serenata.
—Convendría ponerle una barbada suave—dijo Pablito.
—O un filete—respondió Piscis gravemente.
Ambos guardaron silencio. Pablito exclamó:
—¡Maldita yegua! No he visto en mi vida boca más dulce.
—Una seda—replicó su amigo con acento de inquebrantable
convicción.
—¿Crees que debemos darle más picadero?
—El picadero no sobra a ningún animal—gruñó Piscis con el
mismoconvencimiento.
—Conviene trabajarla en el trote.
Mientras así platicaban, dirigíanse los inseparables équites a
pasolento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un
extremo de lavilla, al otro extremo de ella, atravesándola por el
medio. Eran lasdiez de la noche; la temperatura suave, de
primavera. Los pocostranseuntes que por las calles quedaban,
