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El Tesoro Misterioso

Siendo todo ojos y oídos, continué mi marcha, sacando la mayor ventajaposible de
la sombra, pero parecía que había tomado una direccióndiferente de la que yo había
creído, dado que habían partido casi cincominutos antes que yo.
Al fin conseguí llegar a la relativa obscuridad que proyectaba la viejaavenida de
hayas que conducía directamente a la casa del guarda sobreel camino de Dilwyn, y
proseguí a lo largo de ella como cerca de mediamilla, cuando de pronto mi corazón
saltó de alegría, porque delante demí distinguí a los dos que iban a la par conversando
animadamente.
Mis celos e ira se despertaron en el acto al ver aquello, y temiendo quepudieran oír
mis pasos sobre el camino cubierto de dura nieve, medeslicé detrás de los árboles y
tomé por encima del césped del parque,consiguiendo pronto aproximarme casi a la
par de ellos sin hacer ruidoni atraer su atención.
Cuando llegaron al viejo puente de piedra a través del río, que formabala salida del
lago, se pararon, y yo, ocultándome detrás de un árbol,pude entonces, a la luz de la
luna, que felizmente había adquirido mayorbrillo, ver bien las facciones del
misterioso compañero de Mabel. Juzguéque debía tener alrededor de veintiocho años,
y me pareció un hombrevulgar, mal educado, de nariz chata y ancha y cabellos
amarillos, cuyafigura pesada, apoyado como estaba contra el bajo parapeto,
eraindudablemente la de un agricultor. Su cara era de facciones duras
yprematuramente curtida, mientras el corte de su traje era de ese tipomarcado de
«confección» hecha en la sastrería-emporio de las ciudadesprovincianas. El sombrero
duro de fieltro lo tenía un poco inclinado aun lado, como acostumbran llevarlo en sus
paseos de domingo los dandysde barrio y los mozos campesinos.
Por lo que pude observar, me pareció que la trataba con extraordinariodesdén y
gran familiaridad, hablándole de «tú» y encendiendo en supresencia un cigarrillo
ordinario, mientras ella, por su parte, noparecía estar muy tranquila, como si hubiera
asistido, más bienobligada, que por su gusto.
Se había abrigado confortablemente con una gruesa capa de lana y unabien ajustada
gorra con visera, la cual, traída sobre la frente y losojos, medio ocultaba sus
facciones.
—Realmente, Herberto, no puedo comprender el objeto que persigues—laoí
argumentarle.—¿De qué beneficio posible te puede ser semejanteacción?
—De mucho—contestó el hombre, añadiendo en una voz grosera y ruda,
quellevaba impresa la inenarrable marca del lenguaje inculto delpaisano.—Lo que
digo lo haré. Tú sabes bien eso, ¿no es así?
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