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El Tesoro Misterioso

—Esa es una pregunta extraña—dije yo.—¿Por qué?
—Es que tengo motivos para creer—explicó con cierta vacilación aquelhombre
moreno y de facciones afiladas,—que ha sido víctima de unainfamia.
—¡De una infamia!—exclamé atónito.—Usted no cree seguramente que hasido
asesinado, ¿no es verdad? Eso no puede ser, estimado amigo. Seenfermó en el tren, y
ha muerto aquí en nuestra presencia.
El abogado, cuya fisonomía había tomado un aspecto más grave aún, seencogió de
hombros sencillamente, y dijo:
—Debemos, por cierto, aguardar el resultado de la investigación, perotengo la
creencia, por ciertos informes que poseo, de que Burton Blairno ha fallecido de
muerte natural.
Aquella misma noche, el «coroner» (médico de policía) efectuó suinvestigación en
una pieza privada del hotel, y, en conformidad con laopinión de los dos médicos que
habían comprobado la defunción y hecho laautopsia en la mañana de ese mismo día,
declaró que la muerte se debíaúnicamente a causas naturales. Se descubrió que Burton
Blair habíapadecido de debilidad natural al corazón, y que el desenlace fatal habíasido
acelerado por el movimiento del tren.
No había absolutamente nada que pudiera inducir a sospechar que sehubiese
cometido un crimen; por lo tanto, el jurado pronunció elveredicto, de acuerdo con la
prueba pericial, de que la muerte eradebida a causas naturales, y concedió permiso
para trasladar el cadávera Londres, donde debía ser sepultado.
Una hora después de terminada la investigación llamé aparte al señorLeighton, y le
dije:
—Como usted sabe, desde hace varios años he sido uno de los íntimosamigos de
Blair, y, naturalmente, estoy muy interesado en saber quérazones ha tenido usted para
sospechar que se ha cometido una infamia.
—Mis sospechas eran bien fundadas—fue su contestación, algoenigmática.
—¿En qué se fundaban?
—En el hecho de que mi cliente fue amenazado, y que, a pesar de nohaberlo
comunicado a nadie más que a mí y reírse de las precauciones queyo le indiqué, vivía
constantemente temeroso de ser asesinado.
—¡Extraño!—exclamé.—¡Muy extraño!
Nada le dije de esa notable carta que había encontrado en el equipajedel muerto. Si
lo que él decía era verdaderamente cierto, entonces en lamuerte de Burton Blair se
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