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El Tesoro Misterioso

puerta, para que pudiéramos emprender eltrabajo de investigación sin que sufriéramos
interrupción alguna.
—No sé si descubriremos algo que sea de interés—dijo, volviendo sushermosos
ojos hacia mí, dominada por una agitación que no pudo reprimiral dirigirse al gran
escritorio y sacar de su bolsillo las llaves de supadre.—Supongo que esta tarea le
incumbe al señorLeighton—añadió,—pero prefiero que usted y yo echemos una
mirada a losasuntos de mi padre, antes que venga el abogado a examinarlos con
susojos escudriñadores.
Parecía que abrigaba cierta esperanza de encontrar algo que deseabaocultar al
abogado.
El escritorio del muerto era un pesado mueble anticuado, de robletallado, y al abrir
ella el primer cajón y sacar lo que contenía,acerqué dos sillas y me puse a ayudarle,
con el fin de hacer un examenmetódico y completo. Los papeles eran, en su mayoría,
cartas de amigos ycorrespondencia con abogados y comisionistas de la City, que le
hablabansobre sus diferentes inversiones de dinero. Pude darme cuenta, poralgunas
que leí, de cuán enormes habían sido los beneficios que habíaobtenido de ciertas
negociaciones verificadas en Sud Africa, mientras enotras se hacían alusiones a
asuntos que para mí eran sumamenteenigmáticos.
La ansiosa actitud de Mabel era la de una persona que busca un documentoque cree
que allí está. Apenas se tomaba el trabajo de leer las cartas;no hacía más que
examinarlas rápidamente y ponerlas a un lado. Asífuimos registrando un cajón tras
otro hasta que vi en su mano un gransobre azul, sellado con lacre negro, y que tenía el
siguiente letrero,escrito por su padre:
«Para que sea abierto por Mabel después de mi muerte.—Burton Blair.»
—¡Ah!—murmuró casi sin resuello,—¿qué contendrá esto?—Eimpacientemente,
rompió los sellos y sacó una gran hoja de papel escritacon letra muy junta, a la cual
estaban ligados con un broche variosotros papeles.
También cayó algo más del sobre, que yo recogí, y con gran sorpresa meencontré
con que era una instantánea muy gastada y rajada, pero que seconservaba por estar
adherida a un pedazo de lienzo. Representaba unpaisaje de encrucijadas en una región
campestre llana y más biendesolada, con una casita solitaria, que probablemente había
sido en untiempo una casa de portazgo, de altas chimeneas, situada sobre la orilladel
camino real, teniendo al costado un pequeño jardincillo rodeado dereja. Delante de la
puerta se veía un pórtico rústico cubierto de rosastrepadoras, y fuera, sobre un lado
del camino, un viejo sillón Windsor,que parecía que acababa de quedar desocupado.
Mientras examinaba la fotografía junto de la luz, la hija del muertoleía rápidamente
el documento que su padre había escrito.
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