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El Tesoro Misterioso

—En verdad, no creo tenga, hasta ahora, muchos motivos por quélamentarse. Su
pobre padre era muy indulgente con usted, y estoy segurode que la señora Percival,
aun cuando algunas veces pueda parecer unpoco rígida, sólo lo hace por su bien—le
dije con toda franqueza, depie sobre el tapiz de la estufa y contemplando su hermosa
figura.
—¡Oh! ya sé que en su concepto soy una niña muy voluntariosa—exclamó,con una
sonrisa.—Siempre solía usted decir eso cuando estaba en elcolegio.
—Lo era, hablándole con sinceridad—contesté abiertamente.
—Por cierto. Ustedes los hombres nunca tienen indulgencia con una niña,ni le
conceden nada. Son dueños de su libertad cuando visten por primeravez sus
pantalones largos, mientras que a nosotras, las pobres niñas, nonos dejan solas ni
libres un segundo, ni dentro ni fuera de la casa. Noimporta que seamos tan feas como
una bruja o tan bellas como Venus,tenemos que estar amarradas a alguna mujer de
edad, que muyfrecuentemente sucede que es tan aficionada a un «flirteo» moderado
comola ingenua joven que está a su cargo. Discúlpeme, señor Greenwood, quele hable
tan cándidamente, pero mi opinión es que los métodos modernosde la sociedad son
todos fingidos y engañadores.
—Parece que hoy no está usted con muy buen humor—observé, sin poderdejar de
sonreírme.
—No, no lo estoy—confesó.—La señora Percival está haciéndose muypesada.
Deseo ir esta tarde a Mayvill, y ella no me quiere dejar irsola.
—¿Por qué desea, con tanto empeño, ir sola?
Se sonrojó ligeramente, y por un momento pareció desconcertada.
—¡Oh! no tengo tanto empeño en ir sola—replicó tratando deconvencerme.—Lo
que yo objeto es la necedad de quererme impedir queviaje sola como cualquiera otra
joven lo hace. Si una doncella tiene lalibertad de hacer sola un viaje por ferrocarril,
¿por qué no puedo yohacerlo también?
—Porque usted tiene que respetar las conveniencias de sociedad, y unasirvienta no
necesita eso.
—Pues entonces prefiero el lote que le ha tocado a ésta ensuerte—declaró de una
manera que me hizo comprender que algo la debíahaber incomodado.
Yo, por mi parte, hubiera sentido muchísimo que la señora Percival lehubiera
consentido ir sola a Herefordshire, pero era evidente que teníaalguna razón secreta
para no querer que su respetable compañera fueracon ella.
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