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El Tesoro Misterioso

—Vea lo que hay dentro de ella—exclamó, señalándome la caja que teníapor
delante, y sonriendo dulcemente con profunda satisfacción.
La tomé ansiosamente, levanté la tapa y miré lo que había en su seno.
—¡Qué!—grité, casi fuera de mí de alegría.—¡No puede ser cierto!
—Sí—rió ella.—Lo es.
Y después con dedos temblorosos, saqué del interior de la caja elprecioso objeto
que me había sido legado, la pequeña bolsita usada degamuza del tamaño de la palma
de la mano de un hombre, a la cual estabaunida una delgada pero muy fuerte cadena
de oro para poderla colgar delcuello.
—La encontré esta mañana por casualidad, exactamente como está, en uncajoncito
secreto de un viejo escritorio que hay en la pieza de vestirde mi padre—explicó.—El
que la debió colocar allí por precaución antesde partir para Escocia.
La conservaba en mi mano completamente atónito, pero, no obstante, conel más
profundo deleite.
¿El hecho de que Blair se hubiera separado de ella, dejándola guardadaen esa caja,
antes que arriesgarse a llevarla consigo durante ese viajeal Norte, no probaba que
había temido ser víctima de un ataque paraconseguir su posesión? Sin embargo, el
pequeño y curioso objeto, que entan extrañas condiciones me había sido legado,
estaba ahora en mi mano,y era una bolsita plana, cuidadosamente cosida, de piel de
gamuza,ennegrecida por el uso y el tiempo, como de media pulgada de grueso, yque
encerraba algo duro y liso.
Dentro de ella se ocultaba el gran secreto, cuyo conocimiento habíatransformado en
millonario a Burton Blair, el pobre marino sin hogar. Loque era, ni Mabel ni yo
pudimos ni por un momento imaginarnos.
Ambos estábamos sin aliento, igualmente ansiosos de cerciorarnos de larealidad.
No hay duda, jamás hombre alguno se vio en su vida delante deun problema más
interesante o enigmático.
En silencio tomó un par de pequeñas tijeras de hacer ojales de encima dela mesita-
escritorio que había junto de la ventana, y me las entregó.
Luego, temblándome la mano de agitación, introduje la punta en elextremo de la
bolsita y la corté largo a largo, pero lo que cayó sobrela alfombra un momento
después nos arrancó dos fuertes exclamaciones desorpresa.
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