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El Tesoro Misterioso

—No, no lo sé—contesté riendo, pues trataba de aparentar que tomabasus palabras
con ligereza.—Me ha dejado como legado la bolsita quellevaba siempre consigo,
junto con ciertas instrucciones interesantesque me esforzaré en cumplir.
—Muy bien—gruñó.—Proceda como le parezca más conveniente; peroprefiero que
haya usted quedado dueño del secreto y no yo, eso es todo.
Su disgusto y terror aparentemente no conocían límites. Luchó porocultar sus
sentimientos, pero todo esfuerzo fue en vano. Era evidenteque existía alguna razón
muy poderosa para tratar de impedir que elsecreto viniera a mis manos; pero su
creencia de que la bolsita yaestaba en mi poder destruía mi sospecha de que este
misterioso hombreestaba ligado a la muerte extraña de Burton Blair.
—Créame, señor Dawson—le dije, con la mayor calma,—no abrigo temoralguno
del resultado de la bondadosa generosidad de mi amigo. En verdad,no veo qué motivo
pueda haber para abrigar ningún recelo. Blairdescubrió un misterio que, a fuerza de
paciencia y esfuerzos casisobrehumanos, consiguió resolver, y presumo que, guiado,
probablemente,por un sentimiento de gratitud por la pequeña ayuda que mi amigo y
yopudimos hacerle, ha dejado su secreto bajo mi custodia.
El hombre permaneció silencioso durante unos minutos con su único ojofijo en mí,
inmóvil e irritado.
—¡Ah!—exclamó al fin con impaciencia.—Veo que lo ignora usted
todocompletamente. Tal vez es mejor que siga así.—Luego añadió:—Hablemosahora
de otro asunto, del porvenir.
—¿Y qué tiene el porvenir?—le interrogué.
—He sido nombrado secretario de Mabel Blair y administrador de susbienes.
—Y yo le prometí en su lecho de muerte a Burton Blair defender yproteger los
intereses de su hija—le dije, en una voz tranquila y fría.
—¿Puedo, entonces, preguntarle, ya que tratamos el asunto, si abrigausted
intenciones matrimoniales respecto a ella?
—No, no debe usted preguntarme nada de eso—grité enfurecido.—Supregunta es
una injuriosa impertinencia, señor.
—Vamos, vamos, Gilberto—interrumpió Reginaldo.—No hay necesidad
depromover una disputa.
—No, por cierto—declaró con aire imperioso el señor RicardoDawson.—La
pregunta es bien sencilla, y como futuro administrador de lafortuna de la joven, tengo
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