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El Tesoro Misterioso

—De ambos oí hablar a nuestro mutuo amigo, Burton Blair, hoy, pordesgracia,
fallecido—exclamó; y lentamente se sentó en la gran silla debrazos de mi abuelo,
mientras yo quedeme de pie sobre el tapiz de lachimenea, dando la espalda al fuego
para poder verlo mejor.
Vestía un traje de tarde bien hecho y un sobretodo negro, pero en sutipo no había
ningún rasgo que indicara que era un hombre de carácter.De mediana estatura, de una
edad regular, como de cincuenta años, a mijuicio, con anteojos redondos, arcos de oro
y grueso cristal de roca, através de los cuales parecía guiñarnos como un profesor
alemán, suaspecto general era el de un hombre serio y observador.
Bajo una masa de cabellos griscastaños aparecía su arrugada frente y unpar de ojos
azules hundidos, uno de los cuales contemplaba el mundo conespeculativo asombro,
mientras el otro era opaco, nebuloso y sin vista.Sus extrañas cejas venían a juntarse
sobre su nariz algo carnosa, y subarba y bigote tenían ya un color gris. De las mangas
de su sobretodosalían sus manos de dedos pequeños y morenos, que retorcían y
golpeabancon nerviosa persistencia, y de un modo que indicaba la alta tensión
deaquel hombre, los brazos tapizados de la silla en que estaba sentadodelante de
nosotros.
—La razón que he tenido para venir a molestarlos a esta hora—dijo
comodisculpándose, pero con una misteriosa sonrisa en sus gruesoslabios,—es que he
llegado a Londres esta misma noche, y acabo de saberque, por su testamento, mi
amigo Burton Blair ha dejado en mis manos laadministración de los asuntos de su
hija.
—¡Oh!—exclamé fingiendo sorpresa, como si aquello hubiera sido nuevopara
mí.—¿Y quién ha dicho eso?
—Tengo informaciones privadas—repuso evasivamente.—Pero antes deentrar a
proceder, he pensado que era mejor que viniera a verme conustedes, para que nos
podamos entender bien desde el principio.
Sé que ustedes dos han sido amigos muy buenos e íntimos de Blair,mientras yo,
debido a ciertas circunstancias curiosas, me he vistoobligado, hasta hoy, a permanecer
enteramente en el fondo del escenario,como su amigo secreto. También estoy bien al
tanto de las circunstanciasen que se conocieron y de la bondad y caridad de ustedes
para con miamigo muerto y su hija; en una palabra, él me lo contó todo, porque
notenía secretos para mí. Sin embargo, ustedes, por su parte—continuó,mirándonos
con su solo ojo azul,—deben haber considerado su repentinafortuna como un
completo misterio.
—Así ha sido, ciertamente—observé.
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