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El Tesoro Misterioso

—No—respondió en una voz baja y ronca,—no puedo decírselo. No pasarámucho
tiempo sin que la descubra, y entonces, no se sorprenderá de queyo aborrezca hasta el
nombre de ese sujeto.
—¿Pero qué motivo ha podido tener su papá para insertar semejantecláusula en su
testamento?
—Porque se ha visto obligado—replicó enronquecida.—No pudo evitarlo.
—Y si se hubiera negado... si se hubiera negado a dejarla en las manosde semejante
persona... ¿qué habría sucedido entonces?
—Su ruina hubiese sido inevitable—contestó.—Todo lo sospeché en elmomento
que supe que un hombre misterioso y desconocido había sidodesignado secretario y
administrador de todos mis asuntos.
Sus descubrimientos en Italia han venido a confirmar mis recelos.
—Pero usted va a seguir mí consejo, Mabel. Al principio, por lo menos,debe
armarse de paciencia y sufrirlo—insistí, cavilando, entretanto, sisu odio se debería a
que tal vez sabía que era el asesino de su padre.Su antipatía contra él era violenta,
pero no pude descubrir qué razóntenía para ello.
Sacudió la cabeza al oír mi argumento, y me dijo:
—Siento no ser suficientemente diplomática para poder ocultar de esemodo mi
antipatía. Nosotras las mujeres somos hábiles en muchas cosas,pero siempre damos a
conocer irremediablemente lo que nos disgusta.
—Será muy sensible—le observé—tratarlo con manifiesta hostilidad,porque puede
hacer fracasar todas nuestras futuras oportunidades deéxito para descubrir la verdad
respecto a la muerte de su papá y delrobo de su secreto. El mejor consejo que puedo
darle es que guardeabsoluto silencio, aparente indiferencia, pero esté siempre en
guardia yalerta. Más tarde o más temprano, este hombre, si, en efecto, es suenemigo,
se descubrirá él mismo. Entonces será tiempo suficiente paraque nosotros procedamos
firmemente, y, al fin, usted triunfará. Por miparte, considero que cuanto más pronto le
avise Leighton a esteindividuo su nombramiento, será mejor.
—¿Pero no hay medio de poder evitar esto?—gritó, aterrada.—¡La muertede mi
pobre padre es, ciertamente, demasiado dolorosa sin necesidad deque venga esta
segunda desgracia a aumentar la aflicción!
Me hablaba con la misma franqueza que lo hubiera hecho con un hermano,
ycomprendí, por su modo vehemente, ahora que sus sospechas se habíanconfirmado,
cuán grande y completa era su desesperación. En medio detodo el lujo y esplendor de
aquella regia mansión, ella surgía como unafigura pálida y abandonada, con su tierno
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