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El Tesoro Misterioso

Mientras estaba parado en la plataforma de la estación de Pisa, el viejoharapiento,
que hacía más de media hora que se había puesto pensativo,exclamó de pronto:
—Se me ha ocurrido una idea extraña, señor. Usted recordará que supe enla vía San
Cristófano que el señor Malandrini usaba anteojos con arcosde oro. ¿No será, acaso
probable, que los use en Florencia para ocultarel defecto que tiene en la vista?
—¡Yo también creo lo mismo!—respondí.—¡Me parece que ha adivinado!Pero, por
otro lado, ni su sirvienta ni sus vecinos sospechan que seaextranjero.
—Habla muy bien el italiano—convino el viejo,—pero dicen que tiene unleve
acento.
—Vuelva en el acto a la vía San Cristófano—le dije, excitado por suúltima teoría—
y haga mayores averiguaciones sobre la vista y losanteojos de este misterioso
individuo. La anciana que está al cargo desus habitaciones lo ha de haber visto sin
anteojos, no hay duda, y lepodrá decir lo que hay de verdad.
—Sí, señor—me contestó. Y luego yo le di escrita mi dirección enLondres, adonde
debía despacharme un telegrama, si sus sospechas seconfirmaban.
Diez minutos después, el ruidoso expreso de Calais a Roma, el limitadotren
compuesto de tres vagones-cama, coche-restaurant y coche deequipajes, entraba en la
gran estación abovedada, y, despidiéndome delridículo viejo Babbo, subía al tren y
me era señalado mi compartimientohasta Calais.
Describir el largo y tedioso viaje de vuelta del Mediterráneo al Canal,oyendo
siempre el crujido de las ruedas, y con la misma monotonía,interrumpida únicamente
por el anuncio de que la comida estaba servida,es inútil. Todos aquellos que lean esta
extraña historia del secreto deun hombre, que hayan viajado de ida y vuelta por ese
camino de hierroque va a Roma, saben bien qué molesto y pesado se hace cuando uno
setransforma en constante viajero entre Inglaterra e Italia.
Basta decir que treinta y seis horas después de haber subido al expresoen Pisa,
atravesaba la plataforma de la estación Charing Cross, entrabaen un hansom y partía
para la calle Great Russell. Reginaldo no habíavuelto aún de su negocio, pero, sobre
mi mesa, entre una cantidad decartas, encontré un telegrama de Babbo, en italiano,
que decía:
«Melandrini tiene echado a perder el ojo izquierdo. Es el mismo hombre;no hay
duda ninguna sobre eso.—Carlini
El individuo que estaba destinado a ser el secretario y consejero deMabel Blair, era
el enemigo más terrible de su difunto padre, el inglés,Dick Dawson.
Permanecí de pie mirando el telegrama, completamente azorado.
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