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El Tesoro Misterioso

—Yo sé—rió;—yo sé casi tanto como usted por una parte, mientras quepor la otra
mis conocimientos se extienden algo más allá que los suyos.Todo lo que puedo
decirle, es que he observado, y, por lo tanto, hesacado mis conclusiones.
—¿De que Seton no era su amigo?
—Sí, de que Seton no era su amigo—repitió lenta y muy claramente.
—Pero por cierto que usted no le hace una acusacióndirecta—exclamé.—
Seguramente, usted no cree que él es el responsablede esta tragedia, si es que ha
habido una tragedia en esta muerte, ¿no?
—Yo no formulo una acusación directa—fue su ambigua respuesta.
El tiempo revelará la verdad, no hay duda.
Ansiaba poderle preguntar abiertamente si algunas veces no se hacíapasar con el
nombre de Paolo Melandrini; sin embargo, temía hacerlo, porrecelo de despertar sus
indebidas sospechas.
—El tiempo será el único que podrá revelar que Reginaldo Seton fue unode los
mejores amigos del muerto—dije pensativamente.
—Al parecer, sí—fue la dudosa contestación del capuchino.
—¿Un enemigo tan mortal como el Ceco?—le interrogué, mirándole a lacara
mientras tanto.
—¡El Ceco!—tartamudeó, lleno de sorpresa por mi audazpregunta.—¿Quién le ha
hablado de él? ¿Qué sabe usted respecto a esehombre?
El monje se había olvidado evidentemente de lo que le había escrito enla carta a
Blair.
—Sé que está en Londres—repliqué, tomando por guía sus propiaspalabras.
La niña le acompaña—añadí,—a pesar de serme completamente desconocidala
identidad de la persona a que me refería.
—¿Y bien?—preguntome.
—Y si están en Londres, no es seguramente con buenas intenciones.
—¡Ah!—exclamó.—¿Blair le ha dicho a usted algo... le ha manifestadosus recelos?
—Ahora, al último, se había apoderado de él el temor de que loasesinaran
secretamente el día menos pensado—contesté.—Sin dudaalguna, le temía al Ceco.
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