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El Tesoro Misterioso

cintura ajustada por un cordel decáñamo, y con un semblante de misterio, mientras
dentro de su corazón seencerraba el gran secreto que había sido legado a mí y que
ocultaba elorigen de la fortuna de Burton.
—¡El pobre Blair ha muerto!—repetía incesantemente, como si todavíahubiera
dudado de que su amigo no existía ya y le fuera imposiblecreerlo. Sin embargo, yo
tardaba en convencerme de su sinceridad, porquebien podía estarme engañando,
después de todo.
Como me invitara, lo acompañé a subir el tortuoso y escarpado caminohasta que
llegamos a la pesada puerta del monasterio, a la cual llamó.Resonó un fuerte y
solemne campanazo, y unos segundos después se abrióla pequeña ventana de reja,
apareciendo detrás la cara del hermanoportero, de blanca barba, que nos hizo entrar en
el acto.
Me condujo a lo largo del silencioso claustro, en medio del cual habíaun
maravilloso pozo medioeval de hierro forjado, y después porinterminables corredores
de piedra, cada uno alumbrado por una solalámpara de kerosene, lo que hacía parecer
más sombría y melancólica lacasa.
De la capilla, que estaba en el extremo del gran edificio, llegaba elmurmullo del
canto que en voz baja entonaban los monjes; pero más alláreinaba el silencio de una
tumba. Figuras obscuras y espectrales pasabansin hacer ruido por junto de nosotros y
parecían desaparecer era laobscuridad; la puerta del refectorio estaba abierta, y a la
luz opacaque proyectaban dos o tres lámparas, pude distinguir magníficasesculturas,
espléndidas pinturas al fresco y las dos largas filas debancos de roble, ennegrecidos
por el tiempo, en que se sientan a comerlos hermanos capuchinos.
De pronto mi guía se paró delante de una puerta, la que abrió con sullave, y me
encontré dentro de una diminuta y desnuda celda, sinalfombra, cuyo mobiliario se
componía de una cama de ruedas, una silla,una mesa-escritorio y un estante de libros
bien provisto. En la paredhabía un gran crucifijo de madera, delante del cual se
persignó alentrar.
—Esta es mi casa—explicó en inglés.—No muy lujosa, es cierto, pero nola
cambiaría por ningún palacio del mundo. Aquí todos somos hermanos, yel superior es
nuestro padre que provee a todas nuestras necesidadeshumanas, incluyendo el rapé
que consumimos. Aquí no hay celos, no hayrivalidades, no hay calumnias ni disputas.
Todos somos iguales, todosestamos perfectamente contentos, porque todos hemos
aprendido esadificilísima lección de amor fraternal.
Y acercó la única silla que había para que me sentara, pues estabasudoroso y
cansado después de esa larga caminata y escarpada ascensióndesde la ciudad al
convento.
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