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El Tesoro Misterioso

Una vez allí, al acostarlo, volvió a caer en un estado de completodesvanecimiento.
Se llamó a un médico, pero no pudo emitir ningúndiagnóstico sobre la enfermedad,
contentándose con decir que el pacientetenía gravemente afectado el corazón, y que,
en vista de eso, eldesenlace sería fatal y rápido.
A las dos de la mañana del día siguiente, Blair, que no había dado sunombre ni
había manifestado quién era, a la gente del hotel, pidió quetelegrafiaran a Seton y a
mí, lo que dio por resultado que ambos, llenosde ansiedad y de sorpresa, nos
pusiéramos en viaje para Manchester,adonde llegamos una hora antes del desenlace
final, encontrándonos conque nuestro amigo estaba en un estado desesperante.
Al entrar en la pieza nos encontramos con el médico, un tal doctorGlenn, hombre
joven y más bien agradable, que estaba asistiéndolo. Blairse hallaba en ese momento
completamente consciente, y escuchó la opiniónmédica sin alterarse.
En verdad, parecía que acogía con gusto la muerte en vez de temerla,pues cuando
oyó que se encontraba en tan crítica situación, una débilsonrisa se dibujó en su pálida
cara arrugada, y observó:
—Todos tenemos que morir; así, pues, lo mismo da que sea hoy quemañana.—
Luego, volviéndose a mí, añadió:—Ha sido mucha bondad enusted, Gilberto, venir
expresamente a despedirse—y alargó su delgadamano fría, buscó la mía y la estrechó
fuertemente, mientras sus ojos seclavaban en mí con esa extraña mirada fija que sólo
aparece en los ojosde un hombre cuando se encuentra al borde de la tumba.
—Es el deber de un amigo, Burton—respondí con profundasolemnidad.—Pero
todavía puede tener esperanza; los médicos seequivocan a menudo. ¿No tiene usted,
acaso, una espléndida constitución?
—Desde que era muy chico no recuerdo haber estado casi un solo díaenfermo—
contestó el millonario en voz baja y débil;—pero este ataqueme ha vencido
completamente.
Tratamos de cerciorarnos con exactitud de cómo se había enfermado, peroni
Reginaldo ni el doctor pudieron sacar nada en claro.
—Perdí el conocimiento de pronto, y no recuerdo nada más—fue todo loque el
moribundo dijo.—Pero—añadió, volviéndose otra vez a mí,—noavisen a Mabel hasta
que todo haya terminado. ¡Pobre criatura! Mi únicapena al irme de este mundo, es
tener que dejarla. Ustedes dos fueron enlos años pasados sumamente buenos con ella;
¿no es verdad que ahora nola abandonarán?—imploró, hablando lentamente y con
grandísimadificultad, mientras sus ojos brillaban llenos de lágrimas.
—Ciertamente que no, viejo amigo—contesté yo.—Viéndose sola,necesitará de
alguien que la aconseje y se ocupe de sus intereses.
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