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El Tesoro Misterioso

—Ah, la pequeña Mabel—suspiró.—Ya hace ciertamente diez años desdeque la vi
en Manchester. Era entonces una criatura como de once años,alta, de cabellos negros,
bonita, muy parecida a su madre... ¡pobremujer!
—¿Conoció usted a su madre?—le pregunté con cierta sorpresa.
Movió afirmativamente la cabeza, pero se negó a dar mayores informes.
Cuando nos encaminábamos hacia el Ponto Santa María, la puerta de laciudad,
donde los empleados de uniforme del dazio estaban sin hacernada pero listos para
cobrar el impuesto sobre todo artículo de consumo,aun cuando fuese bien
insignificante, que entrara por allí, se volvió depronto a mí y me inquirió:
—¿Cómo ha sabido que yo tenía combinada una cita para esta noche connuestro
amigo?
—Por la carta que le escribió usted, y que se encontró en su valijadespués de su
muerte—respondí con franqueza.
Lanzó un gruñido de evidente satisfacción. Yo supuse, en verdad, quedebía estar
receloso de que Burton antes de morir me hubiera dado aconocer algunos detalles de
su vida. Recordé en ese momento el curiosoenigma cifrado que se encerraba en la
carta de juego, pero no hice lamenor alusión sobre ello.
—¡Ah! ¡ya veo!—exclamó al punto.
Pero si esa pequeña bolsita, o lo que fuera, que siempre llevabaconsigo, oculta entre
sus ropas o suspendida alrededor de su cuello, seha perdido, ¿no significa que ha
habido en esto una tragedia, es decir,un robo y un asesinato?
—Hay marcadas sospechas—contesté,—aun cuando, según los médicos, hamuerto
debido a causas puramente naturales.
—¡Ah! ¡no creo!—exclamó el monje, cerrando los puños fieramente. Unode ellos
ha conseguido al fin robar esa bolsita que él guardó siemprecon tanto cuidado, y estoy
convencido de que se ha cometido el asesinatopara ocultar el robo.
—¿Uno de cuáles?—pregunté ansiosamente.
—Uno de sus enemigos.
—¿Pero sabía usted lo que contenía esa bolsita?
—Jamás me lo quiso decir—fue la respuesta del capuchino, mirándome delleno a la
cara.—Sólo me dijo que su secreto estaba encerrado dentro deella... y tengo motivos
para creer que así era.
—¿Pero usted conocía su secreto?—le interrogué, con los ojos fijos enél.
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