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El Tesoro Misterioso

Decidí al fin hacer lo primero, por dos razones. En primer lugar, porquetenía
confianza de que me hubiera reconocido como amigo de Burton; y ensegundo lugar,
porque, teniendo que habérselas con un hombre de esaclase, es siempre más ventajoso
y da mejor resultado proceder de unamanera franca y declarar el conocimiento de las
cosas, que ocultarcuidadosamente hechos como los que yo sabía. Si le
establecíavigilancia, sus sospechas serían mayores, mientras si procedíaabiertamente,
podía conseguir desarmarlo.
Girando sobre mis talones, me dirigí directamente adonde se había paradoa esperar
pacientemente la llegada de Blair, según parecía.
—Perdone, signore—exclamé en italiano,—pero creo, si no estoy en unerror, que
nos hemos conocido... en Londres, hace un año... ¿no esverdad?
—¡Ah!—replicó, dulcificando su cara con una sonrisa al tenderme sumano grande
y endurecida,—he estado cavilando todo este tiempo, señorGreenwood, si me
reconocería en este traje. Me alegro mucho, muy mucho,de poder renovar nuestra
relación.
Y dio mayor énfasis a sus palabras, significativas o fingidas, con unfuerte y
estrecho apretón de manos.
Le expresé la sorpresa que me causaba encontrar al hombre de mundo yviajero,
convertido en un monje morador de un claustro, a lo querespetuosamente me
respondió en voz baja, pues estábamos dentro de unrecinto sagrado:
—Después le diré a usted todo. No es tan notable ni sorprendente comosin duda le
parece a usted. Le aseguro, en mi condición de capuchino,que mi vida tranquila y
meditativa es mucho más preferible que la delhombre de mundo que, como usted, se
ve obligado a llevar la existenciafebricitante de la época moderna, en que se aprecia
como meritorio alafortunado sin conciencia ni escrúpulos y se consideran el más
grandepecado las desgracias de la vida de uno cuando llegan a descubrirse.
—Sí, comprendo bien lo que usted me dice—repliqué, sorprendido sinembargo de
su afirmación y cavilando si, después de todo, no estaríatratando simplemente de
engañarme.—La vida del claustro debe ser deinfinita calma y dulzura. Pero si no me
equivoco—añadí,—está ustedaquí en espera de nuestro común amigo, Burton Blair,
con quien teníaconcertada una entrevista.
Levantó ligeramente sus negras cejas, y podría haber jurado que mispalabras lo
sobresaltaron; pero, sin embargo, ocultó con el mayorcuidado la sorpresa que le
causaron, y me respondió en un tono natural ytranquilo:
—Así es. Estoy aquí para verlo.
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