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El Tesoro Misterioso

De pie allí, detrás de esas pocas mujeres arrodilladas, con la débil luzoscilante de
las velas de los altares iluminando suficientemente surostro, estaba aquel hombre con
su cabeza inclinada reverentemente, y,sin embargo, sus obscuros ojos como cuentas
parecían lanzar miradasescudriñadoras a todos lados.
Por sus facciones, facciones duras, más bien siniestras, y su barbacanosa y
enmarañada que conocía por haberla visto una vez en Inglaterra,comprendí que ese
era el hombre con quien Burton Blair debía habercelebrado la entrevista secreta; pero,
contrario a lo que yo esperaba,me hallé que vestía el tosco hábito carmesí y el grueso
cordón del monjecapuchino, presentando una figura triste y silenciosa en su actitud
depie y con los brazos cruzados, mientras el sacerdote, en su espléndidavestidura,
murmuraba las oraciones.
En medio de aquella silenciosa semiobscuridad sentí caer sobre mishombros un frío
helado, sepulcral. El suave perfume del incienso parecíaaumentar, con ese ambiente
de increíble magnificencia, de melancólicasoledad encantada, de opulencia
extrañamente desproporcionada con lapobreza y suciedad que reinaba en la plaza
exterior. Más allá de dondeestaba el silencioso monje, cuyos penetrantes ojos
misteriosos estabanfijos en mí de una manera tan inquisitiva, se veían lejanos
puntosobscuros, atravesados de trecho en trecho por rayos de lucesmulticolores que
penetraban por alguna gran ventana, y mucho más allácolgaba del alto y abovedado
techo la roja luz tenue de la lámpara delsantuario.
Las columnas, junto de una de las cuales estaba yo de pie, se elevabanhasta arriba,
apiñadas como altos árboles del bosque, dando pruebas delpaciente trabajo de toda
una generación de hombres; todas ellas talladasen la piedra viva, infinitamente
durables, a pesar de la delicadeza dela obra, y transmitidas a nosotros a través de
lejanos siglos deexistencia.
El monje, ese hombre cuya cara barbuda había visto en Inglaterra unavez, se había
arrodillado, y estaba murmurando sus oraciones y pasandolas cuentas del enorme
rosario que colgaba de su cintura.
Una mujer vestida de negro, con la cabeza cubierta con la santuzzanegra que usan
las mujeres de Lucca, había entrado sin hacer ruido, yestaba arrodillada a unos pocos
pasos de mí. Oprimía contra su pecho auna miserable criatura de pocos meses, en
cuya carita arrugada la muerteya había impreso su marca. Rezaba con fervor por ella,
mientras loscirios iban gastándose gradualmente, los pobres cirios que
estadesgraciada mujer había colocado delante de la humilde imagen de SanAntonio.
El contraste entre la prodigiosa opulencia del templo y losharapos de la pobre
suplicante; entre la persistente durabilidad deaquellos miles de santos con vestiduras
de oro, y la fragilidad de esepequeño ser sin esperanza, era cruel y aplastador.
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