El Tesoro Misterioso by William Le Queux - HTML preview

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extraña

copla

que

el

muerto

había

dejado

escrita

en

su

testamento,recomendándome que la recordase, latía incesantemente en mi cabeza: King Henry the Eighth was a knave to his queens, He'd one short of seven—and nine or ten scenes!

¿Qué significado oculto podía encerrar? Los hechos históricos de loscasamientos y divorcios del Rey Enrique VIII, eran tan conocidos para mícomo lo son para todo niño inglés del Reino Unido que haya llegado alcuarto grado. Sin embargo, algún motivo debía haber tenido Blair,ciertamente, para haber puesto esta extraña rima en su testamento; talvez era la clave de algo, ¿pero de qué sería?

Después de hacerme una rápida toilette y cepillarme bien, porqueestaba muy sucio y fatigado por el largo viaje, tomé un coche y medirigí a la plaza Grosvenor, donde encontré a Mabel vestidadelicadamente de negro, sentada leyendo en su confortable y bonitahabitación particular, que su padre, dos años antes, la había hechodecorar y amueblar lujosamente y con todo gusto como su boudoir.

Se puso de pie en el acto que me vio, y me saludó con apresuramientocuando el sirviente anunció mi presencia.

—Otra vez está de vuelta, señor Greenwood—exclamó.—¡Oh, cuánto mealegro!

He extrañado mucho no haber sabido nada de usted. ¿Dónde haestado?

—En Italia—repliqué, sacándome el sobretodo por indicación de ella, ysentándome después a su lado en un silla baja.—He estado haciendociertas averiguaciones.

—¿Y qué ha descubierto?

—Varios datos que tienden más bien a aumentar que a aclarar el misterioque rodeaba a su pobre padre.

Noté que su rostro estaba más pálido que cuando me había ausentado deLondres, y que parecía enervada y extrañamente ansiosa. Le pregunté porqué no había ido a pasar una temporada en Brighton o en algún otropunto de la costa Sud, como le había indicado antes, pero me replicó quehabía preferido quedarse en su casa, y que, hablando francamente, habíaestado esperando con impaciencia mi llegada.

Le expliqué, en breves palabras, lo que había descubierto en Italia,refiriéndole mi encuentro con el monje capuchino y nuestra curiosaconversación.

—Jamás le oí hablar de él a mi padre—me dijo.—¿Qué clase de hombrees?

Se lo describí lo mejor que pude, y le conté cómo lo había conocido enuna comida dada en su casa, durante su ausencia en Escocia con la señoraPercival.

—Yo pensaba que un monje, una vez que entraba en una orden religiosa,no podía volver a usar el traje de la vida seglar—observó.

—No puede hacerlo, ciertamente—respondí.—Ese mismo hecho aumenta lassospechas que abrigo contra él, unido a las palabras que le alcancé aoír fuera del teatro Imperio.

Y entonces le referí el incidente, exactamente como lo he hecho en uncapítulo anterior.

Permaneció un momento silenciosa, con su delicada barba fina apoyadasobre la palma de su mano, contemplando pensativamente el fuego. Luego,por fin, me preguntó:

—¿Y qué ha sabido respecto a este misterioso italiano en cuyas manos meha dejado mi padre? ¿Lo ha conocido usted?

—No, no lo he visto, Mabel—contesté.—Pero he descubierto que es uninglés de regular edad y no italiano, como habíamos pensado. Creo que nome pondré celoso por las atenciones que tenga con usted, pues adolece deun defecto físico. Sólo tiene un ojo.

—¡Sólo tiene un ojo!—repitió tartamudeando, cubriéndose su rostro deuna instantánea palidez mortal, al ponerse de un salto en pie:—¡Unhombre que sólo tiene un ojo... e inglés! ¿Usted no quiere referirse,ciertamente—gritó—a ese individuo que se llama Dawson, Dick Dawson?

—Paolo Melandrini y Dick Dawson son una misma y sola persona—respondícon franqueza, completamente azorado al ver el efecto aterrador quehabían tenido sobre ella mis palabras.

—Pero no es posible que mi padre me haya dejado en las manos de esedemonio, de ese individuo cuyo solo nombre es sinónimo de todo lo queimplica brutalidad, astucia y maldad. ¡No puede ser cierto... debe haberalgún error, señor Greenwood... debe haberlo! ¡Ah! usted no conoce comoyo la reputación de ese inglés tuerto, porque si la conociera,preferiría antes verme muerta que asociada a él. ¡Debe salvarme!—

gritóaterrorizada, estallando en un torrente de lágrimas.—Usted ha prometidoser mi amigo. Debe salvarme, debe salvarme de ese hombre... sí, de esehombre cuyo simple contacto esparce la muerte!

Apenas hubo pronunciado estas palabras, vaciló, tendió aturdidamente susfinas manos blancas, y hubiera caído al suelo sin sentido, si yo nohubiese dado un salto adelante y la hubiera tomado en mis brazos.

—¿Quién podía ser este Dick Dawson—cavilaba yo—para que tanto terrory odio le produjera; este hombre tuerto que evidentemente estaba ligadocon el misterioso pasado de su padre?

XII

EL SEÑOR RICARDO DAWSON

Confieso que deseaba con ansias ver aparecer a este inglés tuerto, aquien Mabel Blair tenía un terror pánico, para poder juzgarlo.

Lo que hasta entonces había conseguido saber sobre él no era muysatisfactorio.

Parecía evidente que, en combinación con el monje, poseíael secreto del pasado del muerto, y quizá Mabel temía algunadesagradable revelación que se relacionara con los actos de su padre ycon el origen de su fortuna. Este fue el pensamiento que se me ocurriócuando estaba ayudando a aplicar algunos remedios y reconfortantes a lainsensible niña, pues había dado la voz de alarma al verla caerdesmayada, acudiendo, en el acto, su fiel compañera, la señora Percival.

Mientras permaneció sin conocimiento, con su cabeza recostada sobre unalmohadón de seda lila, la señora Percival estuvo arrodillada a su lado,y pienso que me miraba con considerable recelo, pues, ignorando losucedido, creía que yo era el causante. Me inquirió con cierta durezapor el motivo de aquel inesperado desmayo de Mabel, pero yo le contestésencillamente que había sido una descomposición repentina, y que laatribuía al calor sofocante de la habitación. Cuando volvió en sí, lepidió a la señora Percival y a Bowers, su doncella, que nos dejaransolos, y, cuando la puerta se cerró, me preguntó, pálida y ansiosa:

—¿Cuándo va a venir aquí ese hombre?

—Cuando el señor Leighton ponga en su conocimiento la cláusulaconsignada en el testamento de su papá.

—El podrá venir—dijo con toda firmeza,—pero antes que cruce esteumbral, yo habré abandonado la casa. El puede proceder como le parezcabien, pero yo no residiré bajo el mismo techo que él, ni tendrécomunicación alguna con él, sea lo que fuere.

—Comprendo sus sentimientos, Mabel—exclamé,—¿pero cree usted que esprudente seguir esa línea de conducta? ¿No será mejor esperar a vigilarlos movimientos del individuo?

—¡Ah! ¡pero usted no lo conoce!—gritó.—¡Usted no sospecha lo que yosé que es la verdad fiel!

—¿Y qué es eso?

—No—respondió en una voz baja y ronca,—no puedo decírselo. No pasarámucho tiempo sin que la descubra, y entonces, no se sorprenderá de queyo aborrezca hasta el nombre de ese sujeto.

—¿Pero qué motivo ha podido tener su papá para insertar semejantecláusula en su testamento?

—Porque se ha visto obligado—replicó enronquecida.—No pudo evitarlo.

—Y si se hubiera negado... si se hubiera negado a dejarla en las manosde semejante persona... ¿qué habría sucedido entonces?

—Su ruina hubiese sido inevitable—contestó.—Todo lo sospeché en elmomento que supe que un hombre misterioso y desconocido había sidodesignado secretario y administrador de todos mis asuntos.

Sus descubrimientos en Italia han venido a confirmar mis recelos.

—Pero usted va a seguir mí consejo, Mabel. Al principio, por lo menos,debe armarse de paciencia y sufrirlo—insistí, cavilando, entretanto, sisu odio se debería a que tal vez sabía que era el asesino de su padre.Su antipatía contra él era violenta, pero no pude descubrir qué razóntenía para ello.

Sacudió la cabeza al oír mi argumento, y me dijo:

—Siento no ser suficientemente diplomática para poder ocultar de esemodo mi antipatía. Nosotras las mujeres somos hábiles en muchas cosas,pero siempre damos a conocer irremediablemente lo que nos disgusta.

—Será muy sensible—le observé—tratarlo con manifiesta hostilidad,porque puede hacer fracasar todas nuestras futuras oportunidades deéxito para descubrir la verdad respecto a la muerte de su papá y delrobo de su secreto. El mejor consejo que puedo darle es que guardeabsoluto silencio, aparente indiferencia, pero esté siempre en guardia yalerta. Más tarde o más temprano, este hombre, si, en efecto, es suenemigo, se descubrirá él mismo. Entonces será tiempo suficiente paraque nosotros procedamos firmemente, y, al fin, usted triunfará. Por miparte, considero que cuanto más pronto le avise Leighton a esteindividuo su nombramiento, será mejor.

—¿Pero no hay medio de poder evitar esto?—gritó, aterrada.—¡La muertede mi pobre padre es, ciertamente, demasiado dolorosa sin necesidad deque venga esta segunda desgracia a aumentar la aflicción!

Me hablaba con la misma franqueza que lo hubiera hecho con un hermano, ycomprendí, por su modo vehemente, ahora que sus sospechas se habíanconfirmado, cuán grande y completa era su desesperación. En medio detodo el lujo y esplendor de aquella regia mansión, ella surgía como unafigura pálida y abandonada, con su tierno corazón juvenil destrozado porla pena de la muerte de su padre y por un terror que no se atrevía adeclarar.

Un antiguo proverbio, repetido con harta frecuencia, dice que la fortunano trae felicidad, y, ciertamente, que a menudo hay más tranquilidad deánimo y goce puro de la vida en una cabaña que en un palacio. El pobretiene inclinación a mirar con envidia al rico; sin embargo, deberecordarse que muchos hombres y mujeres que van cómodamente arrellanadosen sus lujosos carruajes y servidos por sirvientes de librea, contemplancon anhelo a esos humildes trabajadores de las calles, bien convencidosde que esos millones de seres que ellos designan con el término de «lasmasas», son, en verdad, mucho más felices que ellos. Muchas mujeres detítulo, decepcionadas y cansadas del mundo, a menudo jóvenes y bellas,cambiarían contentas sus posiciones con las hijas del pueblo, cuyaexistencia, aun cuando de duro trabajo, está, sin embargo, llena deinocentes placeres y de tanta felicidad como es posible obtener ennuestro mundo de lucha. Esta afirmación podrá parecer extraña, perodeclaro que es verdadera. La posición del oro puede dar lujo y fama;puede poner a los hombres y mujeres en condiciones de eclipsar a sussemejantes, como también puede conquistarles honores, estimación y hastapopularidad. ¿Pero de qué sirve todo esto?

Pedidle la opinión al granpropietario, al rico y al millonario, y, si hablan con sinceridad, osdirán, en confianza, que no son tan felices como parecen, ni gozan tantode la vida como el modesto hombre de recursos independientes, que se vesometido a una diminución por el impuesto sobre la renta.

Mientras estaba allí sentado con la hija del muerto, esforzándome enconvencerla de que recibiera sin marcada hostilidad al misteriosoindividuo, no podía dejar de notar el vívido contraste entre el lujo detodo lo que la rodeaba y la pesada carga de tribulaciones de su corazón.

Apuntó la idea de vender la casa, y retirarse a Mayvill, para vivir allíen el campo tranquilamente con la señora Percival, pero yo insistí enque esperara, al menos por ahora. Daba lástima pensar que lasespléndidas colecciones de pinturas pertenecientes a Burton Blair, todasellas obras notables de los maestros antiguos, las hermosas tapiceríasque hacía pocos años había comprado en España y la incomparablecolección de mayólicas, cayeran bajo el martillo de un rematador. Entrelos diferentes tesoros que había en el comedor, se ostentaba el cuadrode la Sagrada Familia, de Andrea del Sarto, el cual había costado aBlair dieciséis mil quinientas libras esterlinas en casa de Christie, yque era considerado como uno de los más bellos originales de ese granmaestro. Además, el mobiliario estilo Renacimiento italiano, la vajillade porcelana antigua de Montelupo y Sayona y de magnífica plata viejainglesa, constituían una fortuna, y seguirían siendo propiedad de Mabel,con gran satisfacción para mí, como que todo le había sido legado aella.

—Sí, ya sé—respondió al oír mis argumentos.—Todo es mío salvo esabolsita que encierra el secreto, la cual es suya, y que,desgraciadamente, se ha perdido.

—Usted debe ayudarme a recuperarla—insistí.—Está en nuestros mutuosintereses hacerlo así.

—Por cierto que le ayudaré en todo lo que me sea posible, señorGreenwood—

respondió.—Después que partió usted para Italia, yo hiceregistrar la casa de arriba abajo, y yo misma examiné los cajones dondeguardaba mi padre su correspondencia, sus otras dos cajas de hierro yciertos puntos donde algunas veces solía ocultar sus papeles privados,con el fin de descubrir si, temiendo alguna tentativa que pudieran haberefectuado para robar la bolsita, la había dejado en casa. Pero todo hasido en vano. Ciertamente, en esta casa no está.

Le agradecí sus esfuerzos, sabiendo que había procedido con todaenergía en beneficio mío; pero, convencido de que era inútil todoregistro que se hiciera dentro de la casa, y que si el secreto serecuperaba alguna vez, sería descubriéndolo en las manos de uno u otrode los enemigos de Blair.

Permanecimos juntos largo rato discutiendo la situación. La razón de suodio a Dawson no quería decirla, pero esto no me causaba sorpresaalguna, porque en su actitud veía el deseo de ocultar algún secreto delpasado de su padre. Empero, después de mucha persuasión, conseguí queconsintiera en que se le avisara al hombre misterioso el puesto quedebía ocupar, y que lo recibiera sin dar a conocer el menor signo dedisgusto o antipatía.

Esto lo consideré un triunfo de mi habilidad diplomática, porque, hastacierto punto, poseía sobre ella una completa influencia, como que habíasido su mejor amigo durante esos días tristes y penosos de sus añospasados. Pero cuando ya se trataba de un asunto que envolvía el honor desu padre, era enteramente impotente y nada conseguía. Era una niña defirme individualidad propia, y, como todas las que poseen esta cualidad,tenía el don de rápida penetración, y peculiarmente expuesta a losprejuicios, debido a su alto sentimiento del honor.

Halagó mi amor propio declarando que ella habría deseado que yo hubierasido nombrado su secretario, a lo cual le contesté agradeciendo sucumplido, pero afirmando que semejante cosa no hubiese sido nuncaposible.

—¿Por qué?—me interrogó.

—Porque usted me ha dicho que el tal Dawson viene aquí a ocupar esepuesto por derecho propio. Su padre se vio obligado, bajo coacción, aponer esa desgraciada cláusula en su testamento, lo cual significa quele temía.

—Si—suspiró en voz baja.—Usted tiene razón, señor Greenwood.

Estáabsolutamente en lo justo. Ese hombre tenía en sus manos la vida de mipadre.

Esta última observación me pareció muy extraña. ¿Habría sido culpableBurton Blair de algún crimen desconocido, que le hacía tener miedo aeste misterioso inglés tuerto? Tal vez sí. Quizá Dick Dawson, quedurante años había residido en la Italia rural haciéndose pasar comoitaliano, era el único testigo sobreviviente de algún acto deshonrosoque Blair había cometido, y que, en la época de su prosperidad, habríadeseado borrar, con cuyo fin hubiera dado contento un millón de oro. Talfue, en verdad, una de las muchas ideas que surgieron en mi mente,viendo el misterio que rodeaba ese terror que producía en Mabel el solonombre de Dawson. Sin embargo, cuando recordaba la bondadosa y firmehonestidad de Burton Blair, su sinceridad, sus elevados pensamientos ysus actos anónimos de beneficencia por puro amor a la caridad, hacía aun lado todas esas sospechas y resolvía respetar la memoria del muerto.

A la noche siguiente, antes de las nueve, mientras Reginaldo y yoestábamos tomando el café y conversando en nuestro confortablecomedorcito de la calle Great Russell, Glave, nuestro sirviente llamó ala puerta, entró y me entregó una tarjeta.

Salté de mi asiento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

—Esto sí que es gracioso, viejo—grité, volviéndome a mi amigo.—Aquítenemos a Dawson en persona.

—¡Dawson!—tartamudeó el hombre contra quien me había prevenido elmonje.—

Hagámosle entrar. Pero, ¡por Job! debemos tener cuidado de loque digamos, porque, si todo lo que se dice de él es cierto, debe serextraordinariamente perspicaz.

—Déjamele a mí—le dije. Y luego añadí, volviéndome a Glave:

—Haga pasar adelante a ese caballero.

Y ambos quedamos en anhelante expectativa aguardando la aparición delhombre que conocía la verdad del bien oculto pasado de Burton Blair, yel cual, por alguna razón misteriosa, se había encubierto durante largotiempo bajo el disfraz de italiano.

Un

momento

después

fue

introducido

a

nuestra

presencia,

y,

saludándonos,exclamó, con una sonrisa:

—Supongo, caballeros, que tengo que presentarme yo mismo. Me llamoDawson, Ricardo Dawson.

—Y yo soy Gilberto Greenwood—dije con cierta frialdad.—Mi amigo, aquípresente, se llama Reginaldo Seton.

—De ambos oí hablar a nuestro mutuo amigo, Burton Blair, hoy, pordesgracia, fallecido—exclamó; y lentamente se sentó en la gran silla debrazos de mi abuelo, mientras yo quedeme de pie sobre el tapiz de lachimenea, dando la espalda al fuego para poder verlo mejor.

Vestía un traje de tarde bien hecho y un sobretodo negro, pero en sutipo no había ningún rasgo que indicara que era un hombre de carácter.De mediana estatura, de una edad regular, como de cincuenta años, a mijuicio, con anteojos redondos, arcos de oro y grueso cristal de roca, através de los cuales parecía guiñarnos como un profesor alemán, suaspecto general era el de un hombre serio y observador.

Bajo una masa de cabellos griscastaños aparecía su arrugada frente y unpar de ojos azules hundidos, uno de los cuales contemplaba el mundo conespeculativo asombro, mientras el otro era opaco, nebuloso y sin vista.Sus extrañas cejas venían a juntarse sobre su nariz algo carnosa, y subarba y bigote tenían ya un color gris. De las mangas de su sobretodosalían sus manos de dedos pequeños y morenos, que retorcían y golpeabancon nerviosa persistencia, y de un modo que indicaba la alta tensión deaquel hombre, los brazos tapizados de la silla en que estaba sentadodelante de nosotros.

—La razón que he tenido para venir a molestarlos a esta hora—dijo comodisculpándose, pero con una misteriosa sonrisa en sus gruesoslabios,—es que he llegado a Londres esta misma noche, y acabo de saberque, por su testamento, mi amigo Burton Blair ha dejado en mis manos laadministración de los asuntos de su hija.

—¡Oh!—exclamé fingiendo sorpresa, como si aquello hubiera sido nuevopara mí.—¿Y quién ha dicho eso?

—Tengo informaciones privadas—repuso evasivamente.—Pero antes deentrar a proceder, he pensado que era mejor que viniera a verme conustedes, para que nos podamos entender bien desde el principio.

Sé que ustedes dos han sido amigos muy buenos e íntimos de Blair,mientras yo, debido a ciertas circunstancias curiosas, me he vistoobligado, hasta hoy, a permanecer enteramente en el fondo del escenario,como su amigo secreto. También estoy bien al tanto de las circunstanciasen que se conocieron y de la bondad y caridad de ustedes para con miamigo muerto y su hija; en una palabra, él me lo contó todo, porque notenía secretos para mí. Sin embargo, ustedes, por su parte—continuó,mirándonos con su solo ojo azul,—deben haber considerado su repentinafortuna como un completo misterio.

—Así ha sido, ciertamente—observé.

—¡Ah!—exclamó con rapidez en un tono de mal ocultasatisfacción.—¡Entonces él no les ha revelado nada!

En el acto comprendí que, inadvertidamente, le había dicho a aquelhombre lo que justamente más deseaba saber.

XIII

SE REVELA EL SECRETO DE BURTON BLAIR

—Cualquier cosa que Burton Blair me haya dicho ha sido en la másestricta confianza—exclamé, ofendido por el entrometimiento de aquelindividuo, pero, sin embargo, contento interiormente de haber tenido laoportunidad de conocerlo y poder tratar de cerciorarme de susintenciones.

—Por cierto—respondió Dawson con una sonrisa, mientras su único ojo memiraba parpadeando a través de sus anteojos, arcos de oro.—Pero suamistad y gratitud nunca hicieron que llegase al grado de revelarle susecreto. No. Si usted me disculpa y permite, señor Greenwood, le diréque pienso que es inútil estemos combatiendo de esta manera, teniendo envista que yo sé mucho más de Burton Blair y de su vida pasada, que loque usted sabe.

—Aceptado—le dije.—Blair fue siempre muy reticente. Se consagró aresolver un misterio y consiguió su objeto.

—Y con eso ganó una fortuna de más de dos millones de librasesterlinas, que todavía las gentes consideran un misterio. Sin embargo,no hay misterio en esos montones de cauciones que están depositadas ensus Bancos, como no lo hubo en el dinero con que las compró—rió.—Fueen buenos billetes del Banco de Inglaterra y en sólidas monedas de orodel reino. Pero ya el pobre no existe; todo ha acabado—añadió con unaire algo pensativo.

—Pero su secreto existe aún—observó Reginaldo.—El lo ha legado a miamigo.

—¡Qué!—estalló el tuerto, dándose vuelta hacia mí con verdaderoespanto.—¿Le ha dejado a usted su secreto?

Parecía completamente trastornado por las palabras de Reginaldo, y notéel brillo perverso de su mirada.

—Me lo ha dejado. El secreto es mío ahora—repuse, aun cuando no ledije que la misteriosa bolsita de gamuza se había extraviado.

—¿Pero no sabe usted, hombre, lo que eso implica?—gritó, poniéndose depie delante de mí y entrelazando y retorciendo sus delgados dedosnerviosa y agitadamente.

—No, no lo sé—contesté riendo, pues trataba de aparentar que tomabasus palabras con ligereza.—Me ha dejado como legado la bolsita quellevaba siempre consigo, junto con ciertas instrucciones interesantesque me esforzaré en cumplir.

—Muy bien—gruñó.—Proceda como le parezca más conveniente; peroprefiero que haya usted quedado dueño del secreto y no yo, eso es todo.

Su disgusto y terror aparentemente no conocían límites. Luchó porocultar sus sentimientos, pero todo esfuerzo fue en vano. Era evidenteque existía alguna razón muy poderosa para tratar de impedir que elsecreto viniera a mis manos; pero su creencia de que la bolsita yaestaba en mi poder destruía mi sospecha de que este misterioso hombreestaba ligado a la muerte extraña de Burton Blair.

—Créame, señor Dawson—le dije, con la mayor calma,—no abrigo temoralguno del resultado de la bondadosa generosidad de mi amigo. En verdad,no veo qué motivo pueda haber para abrigar ningún recelo. Blairdescubrió un misterio que, a fuerza de paciencia y esfuerzos casisobrehumanos, consiguió resolver, y presumo que, guiado, probablemente,por un sentimiento de gratitud por la pequeña ayuda que mi amigo y yopudimos hacerle, ha dejado su secreto bajo mi custodia.

El hombre permaneció silencioso durante unos minutos con su único ojofijo en mí, inmóvil e irritado.

—¡Ah!—exclamó al fin con impaciencia.—Veo que lo ignora usted todocompletamente. Tal vez es mejor que siga así.—Luego añadió:—Hablemosahora de otro asunto, del porvenir.

—¿Y qué tiene el porvenir?—le interrogué.

—He sido nombrado secretario de Mabel Blair y administrador de susbienes.

—Y yo le prometí en su lecho de muerte a Burton Blair defender yproteger los intereses de su hija—le dije, en una voz tranquila y fría.

—¿Puedo, entonces, preguntarle, ya que tratamos el asunto, si abrigausted intenciones matrimoniales respecto a ella?

—No, no debe usted preguntarme nada de eso—grité enfurecido.—Supregunta es una injuriosa impertinencia, señor.

—Vamos, vamos, Gilberto—interrumpió Reginaldo.—No hay necesidad depromover una disputa.

—No, por cierto—declaró con aire imperioso el señor RicardoDawson.—La pregunta es bien sencilla, y como futuro administrador de lafortuna de la joven, tengo perfecto derecho de hacerla.Entiendo—añadió,—que se ha convertido en una niña muy atrayente yamable.

—Me niego a responder a su pregunta—manifesté con vehemencia.—Yotambién podría preguntarle por qué razón ha estado usted todos estosaños pasados viviendo ocultamente en Italia o por qué recibía sucorrespondencia dirigida a una casa de una calle secundaria deFlorencia.

Su rostro perdió sus bríos, sus cejas se contrajeron ligeramente, y notéque mi observación le había causado cierto recelo.

—¡Oh! ¿Y cómo sabe usted que he vivido en Italia?

Pero con el fin de extraviarlo y confundirlo, me sonreí misteriosamentey respondí:

—El hombre que posee el secreto de Burton Blair también conoce ciertossecretos concernientes a sus amigos.—Luego añadí intencionadamente:—ElCeco es bien conocido en Florencia y en Lucca.

Su cara se puso blanca, sus delgados dedos nervudos se agitaron de nuevoy la contorsión que estremeció las comisuras de su boca, demostraroncuán profunda e intensa había sido la impresión que le había producidola mención de su sobrenombre.

—¡Ah!—exclamó.—Blair me ha traicionado, entonces me ha jurado enfalso, después de todo. ¿Eso les dijo a ustedes, eh? ¡Muy bien!—Y serió con la extraña risa hueca del hombre que contempla la venganza.—Muybien, caballeros. Veo que en este asunto, mi posición es la de unintruso.

—Hablándole con franqueza, señor, le diré que justamente esasí—intervino Reginaldo.—Era usted desconocido hasta que se leyó eltestamento del muerto, y no creo anticiparme en afirmar que la señoritaBlair tendrá cierta inquietud de verse obligada a ocupar a un extraño.

—¡Un extraño!—rió con altanero sarcasmo.—¡Dick Dawson un extraño! No,señor, usted verá que para ella no soy un extraño. Por otra parte,pienso que también tendrá oportunidad de saber que la joven acogerá bienmi intención en vez de desagradarle.

Esperen y verán—añadió, con untono sumamente confiado.—Mañana tengo intención de ir a la oficina delseñor Leighton, y hacerme cargo de mis obligaciones como secretario dela hija del difunto millonario Burton Blair—y acentuando las últimaspalabras, se rió de nuevo en nuestras caras desafiadoramente.

No era un caballero. En el momento en que entró en la pieza lo conocí.Su aspecto externo era el de un hombre que ha tenido contacto con genterespetable, pero era sólo un barniz superficial, pues cuando perdía lacalma y se agitaba, demostraba que era tan rudo como el tosco hombre demar que tan repentinamente había expirado. Su acento erapronunciadamente londinense, a pesar de que se decía que, como habíaresidido tantos años en Italia, se había convertido casi en un italiano.Un hijo verdaderamente de Londres no puede