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El Tesoro Misterioso

—No debe permitir, ni por un momento, que ese individuo sospeche que seestán
haciendo averiguaciones concernientes a él, y recuerde bien que nodebe saber que hay
en Florencia un inglés que pregunta por él, porque siesto sucede, entonces en el acto
sus sospechas se despertarán. Tengamucho cuidado con todo lo que diga y haga, y
venga esta noche ainformarme. ¿A qué hora nos veremos?
—Tarde—gruñó el viejo.—Puede ser que sea un obrero, y, en ese caso,no podré
saber nada de él hasta la noche. A las once vendré al hotel.—Yse retiró, dejando la
atmósfera impregnada de un olor fuerte a tabaco yajos en estado de descomposición.
Empecé a reflexionar qué pensaría de mí la gente del hotel cuando vieranla clase de
visitante que recibía, porque el Saboya es uno de los máselegantes de Florencia; pero
pronto se disiparon mis recelos, porque alsalir, oí exclamar, en italiano, al portero del
hall:
—¡Hola, Babbo! ¿Algún nuevo remiendo?
El viejo no hizo más que una mueca de satisfacción, y, dando otrogruñido, salió a la
calle, bañada de sol.
El día fue largo y lleno de ansiedad para mí. Anduve vagando por elPonte Vecchio
y a la luz opaca y mística de la Santissima Anunzziata;por la tarde fui a visitar a
varios amigos, y a la noche comí en casa deDoney, pues preferí cenar aquí antes que
en la apretada table d'hôtedel Saboya, lleno de ingleses y americanos.
A las once esperé en el hall del hotel al viejo Carlini, y cuando llegó,le hice subir,
lleno de ansiedad, a mi pieza.
—He estado todo el día haciendo averiguaciones—principió, hablando ensu lengua
florentina, ligeramente ceceosa,—pero he descubierto muypoco. El individuo que
usted necesita, signore, parece ser unmisterio.
—Así lo esperaba—respondí.—¿Qué ha sabido respecto a él?
—Lo conocen en la vía San Cristófano. Tiene un pequeño departamento enel tercer
piso del número 8, al que sólo va de tiempo en tiempo. Envista de esto, traté,
entonces, de interrogar a la cuidadora, que es unaanciana de ochenta años. Había
averiguado que Melandrini estaba ausente,y viendo algunas piezas de ropa puestas a
secar en una ventana, mepresenté como agente de policía para notificar que era una
contravencióncolgar ropa en la parte exterior de las casas, contravención que
secastigaba con una multa de dos liras. Después me preocupé de obteneralgunos datos
sobre su padrone. La anciana me dijo todo lo que sabía,que no es mucho. Tiene la
costumbre de llegar inesperadamente, por logeneral de noche, y permanece uno o dos
días, pero jamás sale a la calleen plena luz del día. No sabe dónde vive cuando está
ausente. Confrecuencia llegan cartas para él con estampillas inglesas, y ella se
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