Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

El Tesoro Misterioso

Arno; la esencia de lasflores vagaba en el ambiente, y las risas e incesante charla
resonabanpor todos lados, porque la antigua ciudad de rojas azoteas estaba llenade
alegría. Tal vez no hay en el mundo una ciudad tan llena de encantos,ni tampoco de
mayores contrastes, que la vieja y extraña Florencia, consu maravillosa Catedral, su
antiguo puente, con sus hileras de joyerías,sus magníficas iglesias, sus pesados
palacios y sus obscuras calles,silenciosas y medioevales, algunas de las cuales poco
han cambiado desdela época en que Giotto y el Dante las cruzaban. El tiempo ha
asentadomuy levemente su mano sobre la ciudad de las flores, pero cuando lo
hahecho ha sido alternado lo existente hasta quedar desconocido, y laextravagante
modernidad de ciertas calles y plazas de la actualidaddisgusta ciertamente a aquellos
que, como yo, han conocido a la viejaciudad antes de que se construyera la plaza
Vittorio, siempre la plazaVittorio, sinónimo de vandalismo, y cuando existía aún el
antiguoGhetto, pintoresco aunque sucio.
Dos hombres, ambos italianos, se detuvieron al verme pasar, parasaludarme y
desearme ben tornalo. Uno era un abogado, cuya esposatenía fama de ser una de las
mujeres más bonitas de la ciudad, en lacual, aunque parezca extraño, el tipo más
notable de belleza es el decabellos rubios. El otro era el caballero Alimari, secretario
del cónsulgeneral inglés, o el «Mayor», como lo denominaban todos.
Hacía dos horas que había llegado a Florencia, y después de darme unbaño en el
Saboya, salí con el objeto de descontar un cheque en casa deFrench, antes de empezar
mis investigaciones.
El encuentro con Alimari, sin embargo, hizo que me detuviera un momentoen mi
camino, y después que me manifestó el placer que le producía mivuelta, le pregunté:
—¿Conoce usted, por casualidad, a una persona de apellido Melandrini,Paolo
Melandrini? Su dirección es vía San Cristófano, número 8.
Me miró de un modo extraño con sus ojos vivos, después se pasó la manopor su
obscura barba, y al fin contestó en inglés, con un leve acentoextranjero:
—La dirección no parece muy atrayente, señor Greenwood. No tengo elplacer de
conocer a ese caballero, pero la calle San Cristófano es unade las más peores y pobres
de Florencia, detrás, exactamente, de SantaCroce, yendo por la vía Ghibellina. Pero,
no le aconsejaría que fuera denoche a ese barrio, porque hay allí algunos tipos muy
malos.
—El hecho es—expliqué,—que he venido expresamente a cerciorarme dealgunos
datos referentes a ese individuo.
—Entonces, no lo haga usted en persona—fue el consejo de miamigo.—Emplee a
alguno que sea florentino. Si se trata de un caso deaveriguaciones confidenciales o
secretas, ciertamente, tendrá mucho máséxito que el que usted pueda alcanzar. En el
Remove